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Bitácora de clase

Solilunio

José Biedma López

IES Francisco de los Cobos y UNED de Úbeda

“Matonismo escolar” y “cultura de la crueldad”

escrito el 28 de Julio de 2011 por José Biedma López en General

¿Qué pasa con los chicos? Los varones están abandonando los estudios antes y con peores resultados que las chicas. El fracaso escolar de los chicos es superior al de las mujeres y crece, especialmente durante la adolescencia. Los varones expresan menor motivación por el éxito académico, mientras que las chicas se esfuerzan por acceder a estudios superiores, viendo en el bachillerato y la universidad, tal vez, una garantía para su seguridad y su autonomía futuras. O tal vez sea que se exige mayor rendimiento a las hijas que a los hijos, debido a la sospecha de madres y padres de que en el mundo laboral ellas lo tendrán más difícil.

Algunos sociólogos predicen una proletarización de los varones, que estarían condenados en un futuro inmediato a los trabajos más pesados, menos considerados y creativos, y peor retribuidos, en una sociedad dirigida por mujeres, en cuyas capas profesionales serán mayoría: profesorado, judicatura, abogacía, política, medicina, enfermería, pero también ingeniería, arquitectura, diseño industrial, dirección de empresa…

El perfil de varón adolescente se nos muestra conflictivo y con dificultades de cambio. Muchos chicos rechazan la formalidad de los estudios y les dedican escaso tiempo. Dicen a los catorce que lo que quieren es trabajar pero no saben ni en qué ni cómo, y difícilmente soportarían los horarios laborales si apenas aguantan los académicos, mucho más blandos. Demasiados chicos se ríen de quienes estudian, y solo muestran interés por tener un puesto de trabajo cuanto antes, que les permita disponer de dinero para presumir de coche tuneado o moto potente. Creen –equivocadamente o no- que tendrán más posibilidades de encontrar “curro” y mantenerlo que las chicas, pues son más “fuertes”.

Muestran también aversión por las tareas domésticas, que solo hacen si la madre les obliga. La mayoría reconoce que las tareas domésticas deben repartirse con equidad entre hermanos y hermanas, pero en la práctica ellos hacen mucho menos y peor que ellas en la casa y por la casa. Prefieren pasar el tiempo fuera de casa, con los amigos, dando vueltas… Exhiben desorden y falta de limpieza como signo de rebeldía y de orgullo masculino. Lavarse demasiado es de “nenazas”. No saben cómo educarían a sus propios hijos, y su ocio se centra en salir con los “colegas”, en el fútbol y/o en las litronas.

A juzgar por las encuestas, el éxito consiste para los adolescentes en ganar pasta, tener un gran coche, ser famoso y ligar muchísimo. Nada tiene valor si no es público y notorio. Se consideran naturalmente más violentos y agresivos que las mujeres. Se diferencian de las mujeres por no ser “débiles”, o sea “sentimentales”. manifestando energía, iniciativa e infalibilidad. Y creen que para ser muy machos deben rechazar e ironizar sobre lo femenino y mostrar desprecio por los “mariquitas” o “maricones”. El caso es que se expresan mal oralmente, no usan sus nombres propios, se tratan como cosas (“tronco”, “tío”, “picha”, “chorra”, “máquina”, “monstruo”…)  y algunos carecen por completo de habilidades conversacionales, respondiendo con monosílabos cuando se les pregunta por algo, o no respondiendo en absoluto, dando pruebas además de su dificultad para expresar sentimientos y emociones distintas de la rabia.

La conclusión es que la diferencia de géneros heredada y reproducida por los medios de comunicación de masas, los videojuegos, la tele… dificulta sus relaciones personales. Los estereotipos de lo que debe ser un macho, frente a lo que se supone que es una hembra humana, entorpecen la construcción de una identidad personal sólida, reducen su autoestima y motivación por el cambio y dificultan del todo la invención de una masculinidad alternativa “a la altura de los tiempos”.

“De algún modo estamos educando a varones adolescentes inmersos en el conflicto y la apatía, incapaces para relacionarse y con un profundo miedo a equivocarse” (Erick Pescador Albiach, “Masculinidades y adolescencia”, en Los chicos también lloran, Paidós, 2004).

Como si estuvieran presos del pasado, cuando el macho era un cazador nómada, y no había muchas diferencias entre la presa y la hembra. El feminismo ha reconstruido la feminidad y la mujer accede lentamente a posiciones y poderes sociales que le habían sido prohibidos, pero el espacio social y político (digamos, para entendernos, el poder) sigue definido en términos masculinos: fuerza, éxito, iniciativa, dureza sentimental, crueldad respecto del débil, desprecio hacia el que muestra buenos sentimientos, menosprecio de la creatividad artística, la sensibilidad poética, la curiosidad intelectual o la inquietud metafísica. En muchos casos, esto tiene que ver con dos fenómenos igualmente negativos:

1. La imitación por parte de algunas chicas y mujeres de modelos masculinos: “Yo no voy a ser menos que él, así que digo los mismos tacos, tengo la mano larga para golpear, la lengua ligera para amenazar e insultar, me hago la dura, renuncio a cualquier tipo de pudor o decoro en las relaciones sexuales, tomo la iniciativa como él, me aventuro con el alcohol y las drogas, etc.”

2. Los varones sienten su masculinidad amenazada al ver sus tradicionales espacios de poder invadidos por las mujeres.

Carlos Lomas cree que el resultado es la anulación y desvaloración de todo aquello considerado tradicionalmente como femenino: lo privado, lo doméstico, el cuidado y la educación de la prole, la honra y el respeto por los padres… Pero podemos preguntarnos si esta desvaloración, heredera del lugar que asignó el romanticismo rusoniano y el economicismo monetarista a la mujer, no es más bien causa de muchos problemas actuales de identidad de género, mejor que su efecto.  Si el trabajo doméstico tuviese prestigio, si fuese considerado por el Estado motivo importante para una exención o  reducción de impuestos, o tuviese que ser retribuido como merece, otra gallina u otro gallo nos cantaría…

Las mujeres “se deben a su sexo” y el espacio doméstico no renta económicamente, así que en un mundo dirigido por el crédito bancario, las labores domésticas (entre las cuales sin duda están las que resultan culturalmente más decisivas, como la socialización de la prole, las grandes tradiciones culinarias, el cuidado de los enfermos, etc.) sufren el abandono también de las mujeres en pos de una mayor ocupación femenina y feminista del espacio público. Pero para los varones –y para muchas mujeres- es impensable el flujo contrario y el ser “amo de casa” solo se ve como una posibilidad virtual, o como algo anecdótico o coyuntural. Nadie quiere ser identificado con lo que la sociedad no “aprecia”: barrer, fregar, cocinar, cuidar de los hijos, limpiar baños… todo lo tradicionalmente femenino. La consecuencia es que “lo doméstico queda deshabitado, con todo lo que ello supone para la crianza y el cuidado de las hijas y los hijos” (Erick Pescador, op. cit. pg. 120).

El mismo sistema consumista ha impuesto la necesidad de contar con dos salarios por unidad familiar para acceder a los niveles medios de bienestar que se precisan para poder “montárselo” como la mayoría manda: casa y coche propios, vacaciones en el Caribe, parcela y casa de campo, cosmética, gimnasio, ropas de marca, etc.

Los roles femenino y masculino se entrecruzan, y eso está bien, pero mientras que una mujer gana consideración al entrar en el mundo del trabajo y de lo público, un hombre la pierde si adopta roles tradicionalmente femeninos. Y la tendencia es a ejercer una paternidad y una maternidad ausentes. A los hijos/as, ¡que los eduque el Estado! Por otra parte, es rara la mujer que no se siente extraña en el mundo de la empresa y que no establece por ello un “techo de cristal” que le impide desarrollar todas sus ambiciones en ese campo. En muchos casos se halla en la dramática situación de tener que escoger entre el progreso profesional y el cuidado que requiere la prole más la conservación de las relaciones de pareja, pues se hace muy difícil la conciliación de la vida profesional y las obligaciones familiares.

En nuestra sociedad, virtualmente igualitaria pero realmente machista, el ocio es sobre todo privilegio de varones, pues las mujeres deben hoy ocuparse tanto de lo público como de lo privado, a doble jornada, haciéndose cargo de la casa, del trabajo, y de la seducción (¡triple jornada!). ¿Es esto justo? ¿Hay otras maneras de ser macho? ¿Hay otras maneras de realizarase como mujer que no incorporen la asunción de los estereotipos de dominación masculinos? ¿No es el estereotipo heredado de la masculinidad tan injusto como castrante, incluso para los propios varones?

Ciertamente, no podemos modificar nada de esto si no cambiamos la expresión pública de los valores masculinos, sean éstos representados por hombres o por “super-mujeres” capaces de repartir ”hostias” y pegar tiros a diestro y siniestro, como si fuesen “superhéroes” de comic. Es imposible que podamos ayudar a los chicos a salir de este laberinto, si no surgen ideales e ideas distintas del varón, de lo masculino, que disocien por fin lo que debe hacer o evitar un hombre “de pelo en pecho”, “que se viste por abajo”, de esa “cultura de la crueldad” (Kindlon y Thompson, 1999) y de la dominación. Esa ideología, asociada al colonialismo histórico y al imaginario de Far West, fuerza al niño a negar sus necesidades emocionales, a “hacerse el duro”, a “disfrazar sus sentimientos por rutina”, a simular que es infalible, que no teme a nada ni a nadie, y lo lanza al aislamiento catatónico, al silencio insensible, a la impotencia que solo se disuelve o desahoga en ataques de ciega rabia y actos de violencia vandálica. Pollack (1998) lo denomina el “código del chico” y “la máscara de la masculinidad”:

“ese aire fanfarrón que los chicos adoptan para esconder sus temores, suprimir su dependencia y vulnerabilidad, y presentar un frente estoico e impenetrable” (“¿Qué pasa con los chicos?”, V. Foster, M. Kimmel & Ch. Skelton, en Los chicos también lloran op., cit.).

Los modelos tradicionales del macho fuerzan al niño a ejercer de “matón escolar”, pues generan una idea estereotipada del éxito, que excluye la amistad con la mujer, el trato de igual a igual, y potencia comportamientos violentos, agresivos y temerarios (“no eres hombre si no asustas, escandalizas, fumas, te emborrachas, te pegas el lote…”), comportamientos que son imitados por mujeres, que también consideran la violencia como un instrumento útil para conseguir poder o popularidad, incluso en la intimidad familiar.

La cultura “masculina” del patio, con su brutalidad, del deporte muy competitivo, donde lo que importa es sobre todo ganar, al precio que sea, se opone entonces a la cultura “femenina” del aula, de la escuela, del estudio, de la negociación verbal y las reglas éticas. ¿Extraña que se extienda el bullying cuando “vigilar y catigar” parece una estrategia derechista? ¿Extraña que los varones consideren los estudios como poco masculinos? Lo suyo es la acción directa, la aventura, la calle, como una huida hacia ninguna parte…

La homofobia, el desprecio a todo el que da síntomas de “nenaza”, a todo aquel que muestra sentimientos amables y pacíficos, es otra de esas claves que refuerza la estereotipada personalidad masculina, y que ejercen también muchas mujeres, deseosas de ganar prestigio entre los chicos o de hacerse temer por sus compañeras. Se trata también de negar todo lo “femenino” (según el estereotipo) que pueda haber en uno/una. Incluso las relaciones entre chicos se ven afectadas por estos prejuicios, pues en la relación entre varones la misma intimidad, el cariño y la proximidad física quedan anuladas, en beneficio del sarcasmo ofensivo, el insulto, el desprecio constante, el desafío sin tregua, la competición deportiva o la directa agresión física.

¿Qué impide que construyamos modelos alternativos de masculinidad? Posiblemente el obstáculo principal sea la falta de percepción de las ventajas del cambio por parte de quienes están acostumbrados a ver en su entorno el triunfo real o virtual (mediático) de la contención o simulación de los sentimientos (o de la exhibición de los malos (re)sentimientos), el éxito de la prepotencia ignorante y de la fuerza bruta, o sea, el imperio del miedo y del terrorismo, en lo público y en lo privado. Y, lo que es peor, a verlo en la tele, con su santificación pública de la fuerza, el famoseo, la arbitrariedad, la ignorancia y la simulación.

Cuestionario

1. ¿Por qué los chicos se esfuerzan menos por acceder a estudios superiores? 2. ¿Por qué predicen algunos la “proletarización” de los varones? 3. Describa el perfil del adolescente medio. 4. ¿Cree que la fuerza física es hoy una gran ventaja para conseguir trabajo? 5. ¿En qué consiste el “éxito” para los adolescentes?, ¿y el fracaso? 6. ¿Cree usted que el tener buenos sentimientos es una debilidad? 7. ¿Tiene usted dificultades para expresar sentimientos o emociones? Valore sus habilidades conversacionales de 0 a 10. ¿Cómo podría mejorarlas? 8. ¿Controla la ira o a veces “estalla” sin quererlo? 9. ¿Piensa usted que las chicas imitan hoy modelos masculinos? 10. ¿Se sienten amenazados los chicos por el creciente poder y éxito de las chicas? 11. ¿Cree usted que las tareas domésticas están menospreciadas? 12. ¿Está de moda ser “ama” o “amo de casa”? ¿Le importaría a usted serlo? 13. ¿Qué es el “techo de cristal”? 14. ¿Es fácil la conciliación de la  vida familiar y la profesional? 15. ¿Está cambiando o debe cambiar nuestra idea de “lo masculino” y “lo femenino”?, ¿en qué sentido? 16. ¿Disfrazan los jóvenes sus sentimientos? 17. ¿Conoces a chicos fanfarrones, con el perfil de “matón escolar”? 18. ¿Qué impide que construyamos modelos alternativos de masculinidad que no identifiquen lo masculino con la fuerza bruta y el éxito deportivo?


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Lenguaje, pensamiento y género

escrito el 30 de Abril de 2011 por José Biedma López en General

Las lenguas no son repertorios de palabras, cada una de las cuales corresponde a una cosa. Las lenguas no son nomenclaturas y el lenguaje no es un calco de la realidad. Esa es una visión ingenua. Cada lengua organiza de un modo particular la experiencia. Se podría decir que cada lengua tiene su propia filosofía, su particular concepción del mundo, implícita en su vocabulario y su gramática. Los franceses distinguen entre “fleuve”, río que desemboca en al mar, y “rivière”, afluente de un río, y entre sueño de dormir (sommeil) y sueño de soñar (rêve). Nosotros, sin embargo, distinguimos entre “ser” y “estar”; en francés, ambas nociones se expresan mediante el verbo être. Para nosotros no es lo mismo “ser malo” que “estar malo”, ni “ser buena” que “estar buena”. Tampoco para los franceses, pero ellos establecen la distinción entre salud, moral y estética, de otro modo. El español distingue entre bosque, madera y leña, donde los franceses usan la misma palabra: “bois”…

Cada lengua organiza la experiencia de un modo particular. Podríamos decir que cada lengua supone una interpretación distinta del mundo, un mundo que sin duda es distinto para un habitante del desierto y para un habitante de la jungla (jungla de árboles o “jungla de asfalto”). La necesidad obliga, y es posible que una persona que se mueve entre árboles y hojas verdes durante toda su vida, distinga muchos más tipos de verde, de hojas y de árboles, que nosotros, teniendo más palabras para ello. La realidad le exige esas distinciones, pero la cultura que cuenta con expresiones diferentes ayuda también a discriminar lo distinto y a percibir diferencias. Los hablantes bilingües modifican su visión del mundo en función del idioma que usan o del idioma en que piensan.

La forma en que pensamos influye en nuestro idioma, pero también ocurre que el idioma que usamos influye en la forma en que pensamos el espacio, el tiempo o las relaciones con los demás. El nombre propio personaliza. Si no usamos el nombre propio de las personas próximas, si nos referimos al compañero o compañera como “tío”, “tía”, “tronco”, “tronca”, etc., acabará siendo fácil que les tratemos como cosas, cosas que pueden sustituirse fácilmente por otras cosas o que pueden usarse como instrumentos, instrumentalizarse para nuestros fines egoístas. Piensa mejor quien habla un lenguaje mejor; y solo quien sabe explicar bien qué es algo, conoce su esencia. No es posible comprender bien algo y no saber decir qué es ese algo. Somos el animal que da nombre a las cosas y dice lo que son, pero también somos el animal capaz de equivocarse y mentir, de decir lo que las cosas no son, involuntaria o voluntariamente. A una persona le puede “sonar” una palabra, puede sentirla como familiar, sin embargo únicamente la comprende bien si sabe definirla con otras palabras, relacionándola así con otros conceptos.

De manera vulgar u ordinaria, a una cosa que nos aburre la llamamos “coñazo”, y a una que nos sorprende gratamente la llamamos “cojonuda”. Es evidente que esos apelativos suponen una diferencia de aprecio, seguramente inconsciente, respecto del sexo femenino y del masculino. Cuando identificamos a una “mujer pública” con una prostituta, estamos también suponiendo que el espacio público y publicitario, el espacio de la política y del poder político, son propios (o propiedad) del varón, mientras que la mujer debe recogerse, necesaria u obligatoriamente, en el ámbito privado del hogar o de la cocina, manteniéndose subordinada al hombre. Son casos de sexismo lingüístico tradicional, que conviene conocer y superar. Es lo mismo que cuando decimos “trabajé como un negro”, damos por hecho que son las personas de ese color de piel las que deben trabajar más o más duro: una suposición racista

Las psicólogas Eleanor Maccoby y Carol Jacklin demostraron que tendemos a soltar más tacos y palabras malsonantes delante de un nene que delante de una nena, como si el primero tuviera que soportar un lenguaje más violento que la segunda. Sin querer, reforzamos la actividad masculina y la pasividad femenina. Así que el activismo de los varones y la pasividad de las mujeres puede ser una característica más cultural que biológica. En niños y niñas de dos años apenas hay diferencias en cuanto a la tendencia a ser miedoso/a, a depender de otras personas o a ser altruista (generoso/a). Los padres tienden a hablar de las niñas como delicadas, bonitas y débiles; y de los niños, como fuertes, inteligentes y robustos. Las expectativas de los padres influyen en el modo en que los hijos se ven a sí mismos. 

En cierto sentido, somos lo que decimos, el lenguaje nos constituye. Construimos nuestra personalidad interiorizando lo que oímos hablar y discutir a otros. El lenguaje es la casa (y a veces la cárcel) de signos y símbolos en que los humanos –a diferencia de los animales- habitamos. Si la casa está en mal estado, si usamos el lenguaje para amenazarnos, humillarnos o insultarnos, la casa ya no es un lugar seguro en que vivir, y es posible que renunciemos al diálogo (al dar y recibir razones), para resolver nuestros conflictos a palos o a tortazos.

El idioma que hablamos clasifica las cosas en masculinas y femeninas. Así, los medios de comunicación rápidos y fuertes como el avión y el tren son masculinos; mientras que los más lentos y frágiles, como la avioneta o la bicicleta, son femeninos. Se trata de “micromachismos” que van forjando nuestra forma de pensar. Cuando un artilugio “adquiere importancia” puede cambiar de género pasando de femenino a masculino: eso ha sucedido con la “computadora”, que ahora llamamos “ordenador”, o con la Red de Redes (Wide World Wet), la Internet, a la que cada vez más gente cambia de género: “tengo internet gratuito”…

El lingüista George Lakoff ha constatado en sus experimentos como los hombres interrumpen más a las mujeres cuando conversan, que éstas a aquéllos. Los hombres manifiestan lo que quieren de forma directa, mientras que las mujeres lo hacen más indirectamente. También parece que las diferencias de género se atenúan con la edad. Con los años, muchas mujeres pasan a ser más enérgicas, competitivas e independientes, atreviéndose a decir lo que piensan y quieren; mientras que los varones pueden permitirse el ser pasivos, sentimentales y dependientes… Es como si dejaran desarrollarse en la madurez y vejez una faceta de sí mismos (estereotipable como femenina) que han mantenido reprimida durante la juventud.

Se ha podido probar que el lenguaje afecta incluso a la edad con la que los niños y niñas se hacen conscientes de su sexo, es decir, adquieren una identidad de género. En 1983, Alexander Guiora, de la Universidad de Michigan, comparó tres grupos de niños que hablaban hebreo, inglés y finés. El hebreo marca el género en un gran número de casos gramaticales; incluso el pronombre “tú” se dice de modo distinto según el género. En finés, no existe distinción entre géneros; y el inglés, unas veces distingue y otras no. Pues bien, Guiora halló que los niños que se criaban en ambientes de habla hebrea averiguaban su propio sexo un año antes que los niños fineses, mientras que los ingleses lo hacían en un tiempo intermedio.

Acertijo

“Rodolfo viaja en un coche que conduce su padre. De repente, el vehículo choca con otro y el padre muere en el acto. Rodolfo es ingresado en un hospital entre la vida y la muerte. Es intervenido inmediatamente, pero al verlo, la persona que le va a operar exclama: ¡No puedo hacer esto: es mi hijo!”.

¿Cómo es posible?

Sexismo y alta tecnología

El sexismo no está reñido con la tecnología más avanzada. En 2004 salió un móvil 3G que permitía ligarse a una novia virtual, subiendo de nivel de relaciones a medida en que uno iba colmándola de atenciones, flores y diamantes. No existía una versión para ellas. El juego tuvo un gran éxito en el mercado oriental.

Cuchicheo masculino

La antropóloga Margaret Mead descubrió que las mujeres tchambulis se afeitaban la cabeza, se reían de forma franca y eran agresivamente eficientes a la hora de proveer de alimentos a la comunidad. Mientras, los hombres tchambulis se dedicaban al arte y pasaban mucho tiempo peinándose y cuchicheando sobre el sexo contrario…

Cuestiones

1. ¿Son las lenguas nomenclaturas, calcos de la realidad? 2. Influye el lenguaje que usamos en la forma en que pensamos? 3. Cuando te diriges a tus compañeros y compañeras, ¿usas su nombre propio? 4. ¿Qué es el sexismo lingüístico? ¿Y los micromachismos? Busque ejemplos distintos de los que ofrece la entrada. 5. ¿En qué sentido somos lo que decimos? 6. ¿Afecta el lenguaje que hablamos a nuestros sentimientos? ¿Y a la construcción del género o al reconocimiento del sexo? 7. Comente las dos ilustraciones de esta entrada. 8. ¿A qué se refiere el feminismo con el concepto de “invisibilidad femenina”? 9. Se ha probado que las mujeres parpadean más y sonríen más? ¿Son estas diferencias innatas o aprendidas?

Textos para el comentario

A. “Cuenta la escritora canadiense Margaret Atwood, con gran ironía y sentido del humor, que cuando estudiaba en la universidad, en los años 60 del pasado siglo, no encontraban mujeres para los puestos de responsabilidad en su facultad -a pesar del predominio femenino en la misma-, tuvieran los títulos que tuvieran. Es cierto que, en las últimas décadas, las cosas han cambiado, y mucho si se compara. Sin embargo, hay que preguntarse hasta que punto sigue funcionando una opacidad que impide ver a las mujeres reales, y qué mecanismos siguen actuando para hacer invisibles sus vidas y sus obras”. Esther Rubio Herráez. “La invisibilidad de las mujeres en la ciencia, una cuestión de androcentrismo” .

B. ”En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es ”cantante” y el de existir, “existente”. ¿Cuál es el del verbo ser? Es ”ente”, que significa “el que tiene entidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación ”-nte”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción. De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice ”independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; ”dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no ”residenta”.  Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y  muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el  periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española ? Creo que por las dos razones”.

Este texto circula por la Internet bajo el título “Carta de una profesora”.

 Bibliografía

Lera Boroditsky. “Lenguaje y pensamiento”. Investigación y Ciencia, abril 2011. Pgs. 41-43.

André Martinet. Elementos de lingüística general. Madrid, 1974.

Luis Muiño. “Micromachismos. Las prácticas imperceptibles de dominación masculina”. Muy Interesante, nº 351, agosto 2010.


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Autocontrol

escrito el 16 de Febrero de 2011 por José Biedma López en General

 

¿Qué es mejor, dejarse llevar por los impulsos o controlarse?, ¿ser “natural” y espontáneo, o “educado” y comedido?, ¿nos conviene decir lo primero que se nos antoja, o debemos de hablar después de haber pensado mucho lo que vamos a decir? Hay quien habla para pensar, y quien no se decide a expresar sus sentimientos, aunque éstos sean los mejores sentimientos…

Características de impulsivos y reflexivos

Los antiguos vikingos pensaban que manifestar ira, tristeza o temor les debilitaba, haciéndoles vulnerables, así que aprendían desde chicos a reprimir la expresión de estas emociones, pues no es posible reprimir del todo las emociones mismas. Preferían, como un sabio estoico, permanecer imperturbables.

Los antiguos caballeros japoneses, llamados samuráis, también cultivaban el autodominio; como los espías de todas las épocas, para no delatarse.

El autocontrol permite dirigirse sin distracciones a la meta. El autocontrol es imprescindible para poder concentrarse en una tarea y llevarla a cabo eficazmente.

En sociedades muy comunitarias, en las que son muy fuertes los vínculos familiares y es muy alta la interdependencia, se fomenta la expresión espontánea de los sentimientos: la gente ríe y llora fácilmente, se queja cuando algo le duele, las personas se tocan o abrazan cuando sienten afecto, ¡o se golpean para expresar su ira!

Conviene ser espontáneo, claro, ¡pero dentro de un límite! Así que andamos indecisos entre dejarnos arrastrar por los impulsos o contenerlos. Oímos por un lado: “sé tú mismo, sé sincero, exprésate”, pero por otro lado: “si haces lo primero que se te ocurra vas a tener problemas”.

Platón comparaba el alma humana a un carro tirado por dos caballos alados, por dos pegasos: uno de ellos representa los impulsos más elementales, el hambre, el sexo, la sed; el otro, más noble, los sentimientos y emociones, la vergüenza, el sentido de la dignidad… En tercer lugar, el cochero (auriga) representa la razón, piloto del alma.

El piloto, el yo consciente, es quien tiene que gobernar, pero no podría llegar muy lejos sin la fuerza de los caballos. Lo que importa no es una de las partes, sino la armonía de las partes, que los caballos troten o corran al unísono y que el piloto no los gobierne tan rígidamente que los vuelva locos. De vez en cuando, hay que dejar que los caballos se relajen, pero no tanto que se pierdan triscando por donde les dé la gana. El caballo más díscolo –el de los apetitos e instintos básicos- debe atenerse al cálculo racional y volverse sobrio y templado; el caballo de los sentimientos tiene que ser valiente; y el cochero, prudente, de este modo, el alma se equilibra, su comportamiento resulta armónico, este es el ideal de un alma justa. La justicia era así considerada por Platón una virtud de virtudes.

 

En la vida práctica, lo que hacemos es modificar nuestra conducta hasta que encontramos el nivel de autorregulación más adaptativo, por ensayo y error. Así, puede que metamos la mano donde no debemos llevados por nuestra curiosidad, en un avispero o en una toma eléctrica, el dolor, gran maestro de la vida, nos enseñará a pensar otra vez lo que hacemos, no dejándonos llevar por la curiosidad…

Según ciertos estudios, casi el 90 % de la gente ha fantaseado alguna vez con matar a alguien. El ser humano puede comportarse muy feroz y cruelmente. La vida social sería imposible si la gente no aprendiese a refrenar moralmente sus impulsos, sobre todo sus impulsos asesinos.

Los límites de lo que se considera correcto expresar en público son diferentes en cada sociedad, pero todas las culturas y sociedades regulan los momentos de autodominio y de descontrol o desmadre. En todas las religiones y tradiciones hay días “fastos” y “nefastos”, días en que uno puede dar rienda suelta a sus deseos (banquetes, ferias, etc.) y días que deber consagrar a la rutina laboral y al cumplimiento de sus obligaciones.

No expresar nunca lo que sentimos puede resultar tan nefasto y suicida como expresarlo siempre.

Entre algunos primates, los individuos de menor jerarquía son los más pendencieros, mientras que los líderes, los jefes, son los más capaces de dominar su agresividad, que sólo emplean cuando es necesario para conservar el orden o el poder.

El autocontrol es la disciplina de la voluntad, y es esta facultad la que nos hace diferentes de los animales, pues podemos diferir hacia el futuro la satisfacción de deseos presentes, intensificando además el goce que dicha satisfacción nos proporciona. Los animales viven en presente, pero nosotros añadimos al presente la dimensión imaginaria del futuro. Sacrificamos placeres presentes, como seguir perreando en la cama por la mañana, por conseguir satisfacciones futuras: un título de secundaria o un bonito salario…

El autocontrol permite a la hormiga de la fábula acumular alimentos en su hormiguero para poder vivir cómodamente durante la estación fría y estéril, mientras que la cigarra, que vive al día, morirá en cuanto llegue el viento del norte… Sin autocontrol, el mundo sería una jungla, pero el excesivo autocontrol y rigidez también puede provocar trastornos psicológicos, como ataques de ira, depresiones; y enfermedades cardiovasculares, como ataques al corazón.

El psicólogo Walter Mischel, en un experimento que se ha hecho famoso, probó la relación que hay entre el éxito social y las habilidades de autocontrol. Reunió a un grupo de niños  de cuatro años, les dio un caramelo, les dijo que tenía que salir un momento y que si lo esperaban para comérselo les daría otra chuche. Sólo estuvo fuera unos minutos, pero algunos niños no pudieron esperar y se quedaron sin el refuerzo. Los que no se comieron el caramelo sufrieron por ello, miraban a otro sitio, procuraban pensar en otra cosa, hablaban consigo mismos…

Lo relevante es que el psicólogo siguió la trayectoria personal de estos niños y comprobó que los que no se habían comido el caramelo acabaron siendo más autónomos, responsables, mejor considerados por sus compañeros y mejor adaptados a su entorno, que los impacientes. Su paciencia, su capacidad para posponer la gratificación, les hacía más voluntariosos, más capaces para afrontar retos que requieren esfuerzo, como hacer dietas o dejar de fumar.

El autocontrol de las emociones es pues positivo y comprende:

• El control de las emociones e impulsos destructivos.
• Autodominio para resistir las “tormentas” emocionales.
• Capacidad para gestionar la ansiedad.
• Capacidad para tranquilizarse y consolarse uno mismo.
• Capacidad para aplazar las recompensas.
• Capacidad para canalizar de forma adaptativa las emociones y sentimientos.
(Conangla,100)

Es importante que los cuidadores les enseñen a los niños a controlar sus emociones, pero no a esconderlas, lo que deben aprender es la manera correcta de expresarlas, sacarlas a la luz y lidiar con ellas. Los que descubren la manera de convertir la angustia en algo llevadero son los que pueden esperar. Pero un uso excesivo de la fuerza de voluntad es agotador y puede suprimir gran parte de la alegría de vivir (Walter Mischel).

La mejor estrategia para saber hasta qué punto debemos autocontrolarnos, o qué pulsiones debemos controlar y cuáles desatar o incluso cultivar, es conocerse uno a sí mismo. “Los que tienen mucho pronto” harán bien en volverse más reflexivos mediante actividades que requieran reflexión, como hacer crucigramas o jugar al ajedrez; mientras que los demasiado reflexivos deberán hallar coraje para echarse para adelante cuando la ocasión lo requiera…

En la adolescencia, todos hemos sido o somos impulsivos, pues el lóbulo frontal , responsable del autocontrol, es la parte del cerebro que más tarde madura. Los expertos afirman que no se consolida hasta los veinte años.

El problema de la contención es que requiere mucha energía: ponerse a estudiar y concentrarse, por ejemplo, rechazando las distracciones del entorno, tele, amigos, móvil, música, etc. La mejor manera de disciplinarse es convertir las tareas que requieren voluntad en rutinas, en hábitos. Pasa lo mismo cuando aprendemos a conducir, al principio estamos en tensión y nos cansamos mucho, luego pasa a mecanizarse el control del volante y de los pedales del automóvil, el conductor avezado ya no tiene que pensar, su cuerpo sabe qué debe hacer…

Mida su autocontrol

Conteste con sinceridad a las veinte preguntas siguientes, eligiendo una respuesta del 1 al 5. 0 cuando la frase no es aplicable en absoluto a su persona; 1 si lo es en muy pocas ocasiones; 2 si lo es en ciertas ocasiones; 3 si muchas veces; 4 si casi siempre; y 5 si concuerda completamente con su vida y personalidad.

  1. Mis emociones no se notan a no ser que yo quiera.
  2. Nunca me han reprochado haber dicho ciertas cosas en una determinada circunstancia.
  3. Cuando recuerdo mis actos, me siento orgulloso de mis comportamientos.
  4. Si se presenta una situación nueva o difícil me lo pienso antes de actuar.
  5. Sólo cuento mis asuntos íntimos a personas muy escogidas.
  6. Nadie me considera melodramático y/o teatrero.
  7. En los momentos de tensión, la procesión va por dentro.
  8. No me gusta quejarme, porque creo que hay muchas personas igual o peor que yo.
  9. Mis problemas no afectan a mis ritmos de comidos o sueño.
  10. Cuando me fijo un objetivo, todo lo que digo y hago se dirije a conseguirlo.
  11. Creo que los actos impulsivos generan problemas.
  12. Me disgusta perder el control y por eso procuro no emborracharme.
  13. Tengo problemas de salud -trastornos digestivos y musculares- que pueden ser de origen mental.
  14. No me gusta mezclar el trabajo con el placer.
  15. No me enfado cuando algo frustra mis expectativas (no consigo lo que quiero).
  16. Me resulta fácil cambiar de hábitos si me lo propongo, como dejar de fumar, estudiar más, hacer más ejercicio, comer menos…
  17. Controlo los pensamientos negativos.
  18. Tengo pocos cambios de humor.
  19. Suelo anticiparme a los acontecimientos y planificarlos de antemano.
  20. Pienso lo que voy a decir antes de empezar a hablar.

Sume los puntos. El resultado indica su porcentaje de autocontrol. Por ejemplo, si el resultado es 30, hay en usted un 30% de autorregulación consciente de su conducta y un 70% de impulsividad.


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Vicios capitales

escrito el 30 de Enero de 2011 por José Biedma López en General

‘Pluraque vitiorum imitari solere virtutes’, escribió Amiano Marcelino. La mayoría de los vicios suelen imitar a las virtudes.

En la sociedad de consumo de masas, las multinacionales del ocio y del negocio explotan sin vergüenza ni compasión las pasiones del público, sus debilidades, sus manías. “Consúmete consumiendo” -imperan-, aunque disimulen su mandamiento con halagos.

El amor se envilece, vuelto “lujuria” (palabra fuera de uso), reducido a la mercancía contante y sonante del sexo procuraorgasmos; la autoestima y el amor propio se reducen a narcisismo; se explota la envidia en forma de emulación para verder más; el público se vuelve perezoso creyendo que la felicidad se puede alcanzar tumbado en el sofá, manejando el mando a distancia… Ávido de bienes inútiles, de artefactos innecesarios, de placeres menudos, de emociones prefabricadas. El público infantil es glotón, y las autoridades sanitarias ponen tarde el grito en el cielo a causa de la obesidad mórbida, que se extiende como una plaga.

Los adolescentes se cabrean fácilmente en cuanto se les exige algo que no les gusta. A veces, se pegan o se matan por puro aburrimiento. La curiosidad se fusila a base de transparencia. Se sobrevalora la sinceridad y la tolerancia, donde la sensatez, la verdadera valentía o la prudencia, brillan por su ausencia.

Lo peor no es el alcoholismo juvenil amparado por nuestras autoridades en botellones multitudinarios, lo peor es que el vocabulario moral, imprencindible para distinguir el bien del mal, lo útil de lo inútil, lo conveniente y digno, de lo inconveniente e indigno, incluso lo bello de lo feo, se ha reducido a ordinarieces. Así, nuestras “criaturas” alcanzan a distinguir lo que “les raya” y lo que “les pone”, “lo chungo” de “lo de puta madre”. Entienden que “lo alucinante” y “lo morboso” es güay, pero no entienden ya el significado de hermosas palabras como “magnanimidad”, “sobriedad”, “austeridad” o “benevolencia”. El decoro les raya; la templanza les suena a represión o “trauma”. Expresiones que han formado parte de nuestra educación moral durante siglos, “gula”, “lujuria”, “pusilanimidad”, “temeridad”, “liberalidad”, “frugalidad”… les resultan tan oscuras como el húngaro.

Toda la moral cristiana, incluso aquella que no procedía diréctamente del Antiguo y del Nuevo Testamento, sino del humanismo clásico, como la que distingue entre los  ”pecados capitales” y las virtudes que los compensan o limitan, se ha ido al traste en una generación, aún no sabemos por qué, porque las virtudes cardinales son tan paganas como cristianas, seculares y perfectamente laicas, humanistas avant la lettre.

Para colmo, su memoria cuelga de su embobada inteligencia como un músculo inútil. Ellos no han memorizado como nosotros la fábula de Las Moscas muertas en el panal por su glotonería, ni saben  de La Hormiga y La Cigarra, así que tampoco comprenden que la laboriosidad pueda tener su recompensa, frente a la juerga incesante del Cigarra cantamañanas.

Si la tecnología -también en la educación elemental- se traga del todo las enseñanzas del Humanismo y de la Ilustración, los medios sólo reproducirán banalidades, vanidades y sandeces. Necesitamos restaurar a toda prisa el saber que se transmite mediante narraciones edificantes y fábulas morales, el temor al mal, el amor al bien.

Para recordar viejas verdades he preparado dos presentaciones que exploto en clase con mi alumnado de segundo de ESO… Cualquiera las puede ver o descargar desde la página Ethos de mi Sofoteca


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Amor sublime

escrito el 6 de Diciembre de 2010 por José Biedma López en General

Amor a primera vista

El amor es una fuerza poderosa que nos impulsa a la procreación, a la creación y a la veneración. La verdad (biológica) del amor son los hijos (Hegel). Su función primitiva es pues la reproducción, mediante la cual los genes se replican y combinan buscando su perpetuación, así como el cuidado y la educación de la prole. De la fortaleza del vínculo erótico que une a los padres se benefician los cachorros humanos que así, dependientes durante largos años, pueden, protegidos y orientados, dedicarse al juego, formar su espíritu y refinar sus costumbres.

Pero las obras de arte y los artificios del ingenio humano, incluidas las leyes que hacen posible la vida política, no deben menos al amor. Ese “anhelo de engendrar en la belleza” es también “ansia de inmortalidad” (Platón) por medio de todas nuestras acciones constructivas. Todo lo que hacemos grande y hermoso, lo hacemos por amor.

Un ejemplo extraordinario de amor sublime es el que ofreció el italiano Dante Alighieri en su relación con Beatriz. La vio con 9 años y a los 18 tuvo su segundo encuentro. Suficientes para que la hiciese protagonista de una parte importante de su obra literaria y sobre todo de su Divina Comedia. En el Paraíso (tercera parte de la Divina Comedia), escrito entre 1313 y 1321, es Beatriz, que murió con 24 años, tal vez de parto, la guía e interlocutora principal del poeta.

La Divina Comedia está considerada como una de las obras maestras de la literatura universal. Muchísimos de los mejores pintores e ilustradores se han inspirado en ella. Está dividida en 3 partes o cánticos (Infierno, Purgatorio y Paraíso), que se dividen en cantos compuestos de tercetos en dialecto toscano, matriz del italiano actual. En el poema, Dante personifica la humanidad; el poeta latino Virgilio, la razón; y Beatriz, la fe y la sabiduría.

“Beatriz” significa “dadora de felicidad” o “beatificadora” y en el Paraíso instruye al poeta con sus sutiles argumentos filosóficos y teológicos. Dante, que se casó con Gema Donati en 1291, con la que se comprometió a los doce años, y de la que tuvo cuatro hijos, sublimó sin embargo a su amada Beatriz convirtiéndola en su musa poética, su intercesora, y su madre sabia y protectora. En opinión de muchos críticos toda la fuerza y la belleza del grandísimo poema que es la Divina Comedia tuvo su origen en este amor espiritualizado que sintió Dante por Beatriz.

TextoIlustración de la Divina Comedia

Habíase hecho mañana en una parte del orbe; y en la otra, noche, y todo era blanco en un hemisferio y negro en el otro, cuando vi a la izquierda a Beatriz, que se había vuelto a mirar el sol, de manera que nunca águila alguna lo contemplara con tal fijeza. Y como del rayo que se refleja sube a lo alto un segundo rayo, como peregrino que en regresar medita, así de aquel acto suyo se reflejó en mi estimativa la altísima virtud y pude fijar la mirada en el sol más de lo que a los hombres nos es lícito. Muchas cosas pueden en aquel mundo nuestras facultades, que aquí les están vedadas: y eso ocurre por benéfica influencia del lugar que restaura y eleva a la especie humana. No sostuve mucho tiempo la mirada, pero tampoco un espacio tan breve que no pudiera ver cómo el disco solar lanzaba chispas en derredor, como un hierro calentado al rojo; y de pronto me pareció que a la luz del día se sumaba nueva luz, como si Dios hubiese adornado el cielo con otro sol.

Beatriz miraba fijamente las eternas esferas, y yo fijé mis ojos en ella, desviándolos de allá arriba: contemplándola, me transformé interiormente, como Glauco al gustar la hierba que le hizo en el mar compañero de los otros dioses. No es posible significar con palabras el acto de pasar a un grado superior la naturaleza humana [transhumanar no se podría significar por palabras] ; pero baste el citado ejemplo a quien la gracia divina reserva tal experiencia. Si de mí estaba sólo aquello que de mí creaste primero, lo sabes tú, ¡oh Amor que riges el cielo a que me levantaste!

Cuando la rueda que siempre mueve tu deseo me atrajo a sí con la armonía que todo lo rige y modera, me pareció entonces que gran parte del cielo estaba tan encendida por el fuego del sol, que ni lluvia ni río embalsó tanta zona al inundarse. La novedad del sonido y la gran luz encendieron en mí un deseo nunca sentido con tanta fuerza. Por lo que ella, que en mí veía como yo mismo, abrió su boca para tranquilizar mi excitado ánimo antes de que yo se lo pidiera, y comenzó a decir:

-Tú mismo te alucinas con tus falsas imaginaciones, por lo que no ves lo que habrías visto si las hubieras desechado. No estás ya en la Tierra según te figuras, pero ni el rayo, cayendo de su esfera, correría como tú corres a tu centro.

Y si aquellas breves y sonrientes palabras desvanecieron mi primera duda, caí en seguida en otra, por lo que dije:

-Satisfecho queda mi ánimo con respecto a la luz y al sonido que me admiraron tanto, pero ahora provoca mi extrañeza cómo puedo atravesar esos cuerpos leves.

Ella, al oírme, suspiró apiadada y me miró con el gesto que una madre suele hacer ante un hijo que delira, y repuso:

-Todas las cosas mantienen entre sí un orden, que es la forma que hace semejante el universo a Dios. Aquí las más altas criaturas ven la horma del eterno poder, que es el fin a que tiende cuanto has visto y ves ahora. Todas las naturalezas se inclinan a ese fin de diversas maneras, con impulso mayor o menor, según su vecindad. Se mueven como naves hacia diversos puertos por el inmenso mar del Ser, guiadas por un seguro instinto. Este instinto conduce al fuego hacia la Luna; promueve los primeros movimientos del corazón de los mortales, y es el que concentra y hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no sólo con las criaturas desprovistas de inteligencia, sino con las que tienen inteligencia y amor. La Providencia, que gobierna todo movimiento, mantiene en quietud con su luz el cielo, hacia el que gira quien con mayor prisa corre; ahora, como a fin que nos ha sido decretado, nos lleva allí la fuerza del instinto que tiende al objeto celeste. Aunque es verdad que como a veces no concuerda la forma con la intención del arte, porque la materia es sorda para contestar, por eso de esa tendencia se aparta en ocasiones la criatura, que tiene libre facultad de doblarse hacia otra parte. Y así como de una nube se ver caer el rayo, así el primer ímpetu puede volverse a tierra desviado por un falso placer. Si bien juzgo, no debes admirarte más por tu leve ascensión,  que de ver a un río descender desde lo alto del monte hacia el abismo. Lo maravilloso en ti sería que, libre como estás de todo impedimento, quedaras sentado en el fondo, como lo sería el que una viva llama permaneciese quieta y apegada a la tierra.

Y dicho esto volvió el rostro al cielo.

Bibliografía

He usado para la transcripción del texto las traduciones de M. Aranda Sanjuán (Espasa-Calpe, colección Austral, Buenos Aires, 1952), y la de Francisco José Alcántara (Mail Ibérica, Barcelona, 1968).

 Cuestiones

1. ¿Cómo describe Dante el Paraíso? 2. ¿Cómo transforma Beatriz al poeta? 3. ¿Qué atributos asigna el autor al Amor? 4. ¿Qué papel juega el Amor en el orden cósmico? 5. ¿Por qué se mueven las criaturas irracionales? 6. ¿Y las racionales? 7. ¿Hacia adónde apunta el instinto de las criaturas provistas de inteligencia y amor? 8. ¿Puede torcerse ese primer ímpetu?, ¿por qué? 9. ¿Cómo se describe al fin del  primer canto, lo maravilloso?


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Conversación amable

escrito el 12 de Junio de 2010 por José Biedma López en General
Flor pública

Conversación de mosquillas

Puede que el verdadero amor no sea otra cosa sino una conversación que aspira a hacerse infinita. Sin amigos, la vida que llevamos decae, se hace inhumana, apenas merece la pena de ser vivida. Por eso es necesario que mejoremos nuestra capacidad para la conversación: para ganar amigos o para conservarlos.

Los coloquios entre hombres y mujeres hacen crecer el sentido de humanidad. La conversación humaniza.

La conversación limita el egoísmo y modera el orgullo, pues al dialogar nos damos cuenta de que nuestra opinión es parcial y nuestro punto de vista incompleto. Los demás no tienen por qué compartir la extraordinaria o la pésima opinión que tenemos sobre nosotros mismos. Por eso, la conversación corrige la autoestima y nos anima si estamos “bajos de moral”.

A medida que nos vamos educando y civilizando, la conversación sustituye al contacto físico y la discusión a la agresión, en un  proceso de racionalización e idealización. La capacidad para el diálogo supone competencia moral porque en el diálogo están presentes dos valores imprescindibles para la democracia: La solidaridad y la justicia. Si dialogamos con voluntad de entendernos lo hacemos buscando soluciones justas para todas las partes en comunicación, comprometiéndonos en el acercamiento de posiciones y en la aplicación de las soluciones que acordamos. Dialogando buscamos modos de convivencia equitativos.

El acuerdo, el consenso, es señal de verdad en cuestiones prácticas, siempre que se den una serie de condiciones: a) que no medien coacciones ni amenazas; b) que haya sincera intención de llegar a un acuerdo y compromiso con sus efectos; y c) que no haya mentiras, hipocresía o simulación.

El halago y el insulto son los límites de la conversación. El halago es una especie de mentira. Le decimos al interlocutor lo que desea o espera oír, por interés o por miedo, a sabiendas de que no es la verdad. La adulación es una forma perversa de persuasión.

Cuando insultamos ya no usamos las palabras como signos, sino como armas, buscamos la humillación del otro, le arrojamos palabras y frases como dardos para herirle. Quien insulta ya no dialoga. 

Para dialogar de forma creativa hace falta un esfuerzo de imaginación: el de ponerse en lugar del otro. Esto significa renunciar a verlo todo desde el “ombligo” de los propios intereses, pasiones y prejuicios, mientras no sirvan para todos y el otro no los comparta. Significa también el reconocimiento de que el otro tiene derecho a recibir explicaciones razonables y a expresarse libremente. Dialogar exige franqueza, ánimo veraz y buena voluntad, la capacidad crítica de ir evaluando las aproximaciones al acuerdo y la esperanza de alcanzar soluciones que nos convengan a todos. Dialogar es lo que los humanos pueden hacer para cooperar en la consecución de fines comunes, y los animales no. 

obra gráfica de Vicente Ballester Zaragozá

Muchos ven más que uno solo. He aquí la colección de consejos que he podido recoger de los ejercicios de mi alumnado de Cambios Sociales cuando les pregunté por reglas para mejorar la conversación:

-Respeto: no insultar ni amenazar (Paqui, Cristián)

-Guardar el turno para hablar y no interrumpir al otro (Raquel, Ana)

-Saber escuchar (Mercedes, Alba)

-Escribir, leer y relacionarse (Silvia). ¡Claro! La conversación puede ganar profundidad y precisión si es escrita; además, leyendo podemos ampliar los temas de conversación y mejorar nuestra capacidad de expresión.

-No hablar de lo que molesta al interlocutor (Natalia Expósito)

-Saber explicarse y expresarse (Mercedes)

-Simpatía y hablar de lo que se comparte (María Dolores Gómez)

-No mentir (Jesús)

-Respetar los puntos de vista y las ideas de los demás (Jesús, Juan)

-No gritar (Valentín, Mónica Díaz)

-Hablar con vergüenza, sin usar palabrotas ni llegar nunca a las manos (Valentín)

-Razonar bien (José Manuel)

-Comprensión de lo que dice el interlocutor (Natalia Jiménez)

-Pensar lo que se dice (María Dolores Alhambra). Un dicho pragmático recomienda: “Piensa todo lo que digas, pero no digas todo lo que piensas”

Algunas de las normas que aporta el alumnado son ambiguas, por ejemplo Almudena dice que “hay que hablar correctamente”, pero no sabemos si se refiere a reglas de moralidad (hablar decentemente) o a reglas gramaticales (ser preciso, usar un vocabulario rico, respetar las reglas sintácticas…). 

Maledicencia

No toda conversación es amable. Se puede hablar para escupir maldiciones, o para murmurar contra la honra de otros. Hablar mal de los demás para desacreditarlos públicamente, o “cortarles un traje” mientras no pueden defenderse porque están ausentes, son prácticas tan corrientes como cobardes, sobre todo si suponen, como suele suceder, invenciones y mentiras. Se puede hablar mal de los demás por resentimiento, odio, envidia, ansia de venganza…

La maledicencia puede hundir a las personas en el desprecio y aislarles de los demás. Los rumores y murmuraciones, en los pueblos  o en comunidades muy cerradas, pueden hacer mucho daño. La lengua puede herir tanto o más que la espada.

Hablar mal de las mujeres (sea por miedo, por resentimiento o por odio, misoginia), como si todas fueran veleidosas o falsas;  o de los hombres, como si todos fueran egoístas y perversos; o hablar mal de los políticos, como si todos fueran corruptos; de los curas, los médicos o los maestros, son también tipos diversos de maledicencia, a la que somos demasiado dados los españoles, tal vez por envidia…, o por celos profesionales, como cuando un escritor habla mal de otro o un zapatero de otro zapatero…

Sobre la maledicencia, la mala costumbre de maldecir y murmurar de los demás, el autor de este blog escribió un artículo en el Diario Jaén (5 de junio de 1994), que ahora pongo a disposición de mis alumnos de Cambios Sociales como lectura complementaria…

http://sites.google.com/site/sofoteca/solilunio-1

Cuestionario

1. Explique por qué la conversación limita el orgullo a la vez que nos anima. 2.  ¿Qué competencias morales supone la habilidad para dialogar? 3. ¿Cuando un acuerdo nos compromete y obliga? 4. ¿Por qué motivos solemos hablar mal de los demás? 5. Ponga ejemplos del daño que puede hacer la maledicencia. 6. ¿Por qué las conversaciones telefónicas y el “chateo” se prestan tanto al malentendido? 7. Comente el refrán “difama que algo queda”.8. Dependen nuestra fama, honra y bueno nombre de lo que los demás dicen de nosotros, ¿nos importa el qué dirán? 9. ¿Qué son las “recomendaciones”? ¿Tienen importancia en la vida social y laboral? 10. Cuando dejamos de hablarnos con alguien, ¿quiere decir esto que renunciamos a influirle y a que nos influya? 11. ¿Pueden servir las palabras también para tender velos y enmascarar sentimientos? 12. ¿Qué papel desempeñan los “cumplidos” y los piropos en las relaciones interpersonales? 13. ¿Qué cumplidos suelen hacerse hoy los jóvenes? 14. ¿Cuáles son los insultos más frecuentes? ¿Qué insulto no puede usted sufrir?


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Vanidad y modestia

escrito el 25 de Mayo de 2010 por José Biedma López en General

ORGULLO Y HONRADEZ

Exceso de autoestima

Como pasa con otros sentimientos, el orgullo no es malo ni bueno en sí. Los seres humanos nos movemos dramáticamente entre la exaltación del yo y la afirmación del nosotros. Tanto para los griegos como para los cristianos, el orgullo excesivo (hybris) y la soberbia han sido las faltas o pecados capitales. Los ángeles diabólicos cayeron del Cielo por su soberbia, y Eva y Adán fueron expulsados del paraíso por querer convertirse en dioses.

Altanería, fanfarronería… son formas de vanidad y de soberbia, sobre todo cuando una o uno presumen de excelencias fingidas o de falsos méritos. Al que ostenta excesivamente bienes propios y exhibe una falsa apariencia de lujo y poderío, dándose una exagerada importancia, le hemos llamado con frecuencia fanfarrón o “bambolla”. Por el contrario, la capacidad para distanciarse del amor propio suele ser un requisito del buen humor.

como un gallo sobre un montón de estiércol

El diccionario define  “vanidad” como arrogancia, esto es, como un exagerado deseo de ser admirado por méritos que pueden ser más fantásticos que reales.

A todos nos gusta que los demás nos alaben y nadie es inmune al halago y a los piropos. Los publicistas lo saben y cultivan la vanidad del espectador; los seductores lo saben, y acarician el oído de sus presas con piropos exagerados: “¡porque tú lo vales!” -repite un eslogan de productos cosméticos. La cosmética es un instrumento de la vanidad, para parecer más guapo o guapa, para simular una belleza que no se posee naturalmente. Los anunciantes halagan incesantemente nuestra vanidad para colocarnos productos que suelen ser caros, pero tan inútiles como venenosos.

Pero los excesos de modestia o de humildad pueden ser tan destructivos como los  del orgullo. Es indecoroso proclamar que uno está por encima de los demás en belleza o méritos propios, pero es pésimo considerar que uno no es digno de merecer el afecto de los demás ni de vivir y luchar por su felicidad. La falta de autoestima puede hacer que consintamos el maltrato de otros, no reconociendo nuestras aptitudes valiosas, o impidiéndonos que las desarrollemos. La falta de autoestima, de amor propio, puede hacer que caigamos en una tristeza patológica, morbosa o enfermiza, que los psicólogos y psiquiatras llaman depresión. El amor propio es tan necesario y legítimo, como perverso resulta si se convierte en egoísmo.

En las relaciones con los demás es tan negativo pecar de orgullo como de humildad. Si lo primero, podemos caer en la falta de respeto al otro, e incluso en la crueldad, disfrutando mientras le humillamos o le maltratamos, usándole como si fuera una cosa. Si pecamos de humildes, sin embargo, no sabemos decir “no” a cada, o nos prestamos a todo, por no quedarnos solos, es fácil que el otro acabe abusando de nosotros o despreciándonos.

Para estar contentos con nosotros mismos también debemos conseguir el reconocimiento de los demás, disfrutando de “buena fama”. La fama es un bien tan perseguido que “los famosos” pasan automáticamente a pertenecer al universo del “glamour”, sin que se sepa muy bien en qué consiste esa “gracia” o “carisma” del glamour, y aunque sólo presuman de famosos por sus sinvergonzonerías, por su exhibicionismo en las “revistas del corazón” (“prensa rosa”), o por haber saltado a la cama de otro ”famoso”. La fama no es más que la hermana prostituta de la gloria. Uno puede hacerse famoso incluso por haber causado un gran mal (Bin Laden), pero uno alcanza la gloria sólo si hace de verdad cosas buenas por la humanidad, si realiza hazañas o actos valiosos.

La buena o la mala fama han tenido en España una importancia tan grande que uno podía sacrificarse y morir, o asesinar y delinquir, por la honra y el honor. En sociedades clasistas o racistas, el honor o la honra son patrimonio de una minoría “benemérita”, de una etnia, o de una casta (nobleza de sangre). En una sociedad materialista como la nuestra, el honor o la honra pueden estar asociados a tener un buen coche, vivir en un barrio de “gente bien”, salir con “gente guapa”, ir a la moda, etc.

Pero la modernidad ha ampliado el sentimiento de orgullo o dignidad a toda la raza humana. Cualquier ser humano, por el hecho de serlo, es digno porque -al contrario que un animal, una planta, un hongo o una roca- puede abrigar sentimientos e ideales elevados, nobles o sublimes. Merecemos derechos porque somos capaces de pensar, de amar y de asumir obligaciones respecto de los demás, a los que también les reconocemos derechos, el principal: vivir y luchar honradamente por la felicidad. Los derechos cívicos -decía Kant- dependen de que ejerzamos un oficio reconocido socialmente, de que podamos causar con nuestro trabajo un beneficio social.

La honra y el honor dependen de los méritos propios, pero exigen el reconocimiento de la comunidad: el honor lo otorga la comunidad. Su símbolo es la medalla que el soldado recibe por su arrojo en la defensa de su patria, o el talón que se otorga a un sabio por el descubrimiento de un remedio contra el cáncer, o el objeto artístico que recibe un escritor por la calidad de su novela, o el diploma que concedemos al estudiante sobresaliente: “matrícula de honor”.

“Los honores son de la comunidad. Quien no hace bien ninguno a la comunidad no será honrado por ella, pues la comunidad da de suyo sólo lo que a su vez le beneficia”. Aristóteles   

Cuando alguien cree que merece un honor y no lo obtiene puede sentirse ofendido o humillado. También puede que el ejército arranque sus galones a un oficial por su comportamiento deshonroso, o la Guardia Civil expulse del cuerpo a un guardia corrupto, privándole así de la honra que compartía con sus compañeros y jefes.

Como afirma J. A. Marina:

La deshonra, por ejemplo en España, adquirió una profundidad y dramatismo notorios, porque el honor había pasado a ser un “patrimonio del alma”, una propiedad moral. Conservaba, sin embargo, una cierta independencia como de cosa, lo que permitía que un felón pudiera robarlo, arrebatarlo, destruirlo, aun en contra de la voluntad de su dueño. Se convirtió así en un concepto contradictorio. Era lo más íntimo del hombre y al mismo tiempo podía ser robado como si fuera un mueble. El prototipo de este robo era la violación. Una mujer perdía su honra -su virginidad-, por ejemplo, si era violada o seducida. Diccionario de los sentimientos, 1999.

Por suerte, hoy hemos superado la colocación de la honra en la entrepierna de las mujeres,  a las que no cabe ni mucho menos considerar como “nuestras”, ni siquiera como una propiedad moral. Ni la honra depende ya de lo que los demás hacen con una o con uno, sino de lo que uno o una hacen con y por los demás. Ser honrado equivale, en el lenguaje moral común, a ser reconocido como “buena gente” o “buena persona”:  fiable, pacífico, cariñoso con los padres, los hijos y la pareja, respetuoso con el resto de ciudadanos, cuidadoso con las personas a nuestro cargo, que paga sus deudas, que no roba ni comete delitos de cualquier tipo… Ser buena gente es no tener vicios enormes, mostrar buenas costumbres, y poseer algo (¡nadie es perfecto!) de las virtudes fundamentales: templanza, valor, prudencia y justicia.

El logro fundamental de una buena educación es producir y convertirse en mujeres y hombres honrados, porque los seres humanos no pueden aspirar a la felicidad sin el reconocimiento de su dignidad por parte de aquellos con quienes conviven.

Si quiere usted relajarse con dos bonitas fábulas sobre la vanidad y “la humildad”  puede ver la presentación que lleva ese nombre, pinchando en él:

Cristo de la Humildad (Amadeo Ruiz Olmos, Úbeda)

HUMILDAD Y MODESTIA

Lo contrario del exceso de orgullo es la humildad. Tomás de Aquino, importante doctor cristiano, decía que la función de la virtud de la humildad es hacer razonable al orgullo. Así, la humildad modera nuestro deseo de bienes. Ante el poder de Dios (Creador del mundo para el Aquinate), todos hemos de reconocer nuestra pequeñez y nuestra menesterosidad. El hombre debe reconocer su insuficiencia para ser feliz sin la ayuda de Dios (o de la Naturaleza, o de la Suerte, si uno no cree en Dios). Si no -como decía Kierkegaard-, el ser humano parecerá un gallo gritando su orgullo sobre un montón de estiércol.

Sin embargo, todo exceso es malo, incluso el exceso de humildad, pues la humildad  puede ser postiza y convertirse ”zorrunamente” en una “falsa humildad”, en una humildad retórica o afectada, que el tunante o el demagogo (mal político) usan para que nos confiemos y poder así persuadirnos o engañarnos con facilidad.

Los filósofos modernos hablaron de una “humildad viciosa” que se opone a la verdadera generosidad, cuando uno reconoce su impotencia o debilidad como pretexto para no esforzarse por superarlas, para no sacrificarse por mejorar su situación o sus costumbres.

En nuestros días,  ante tanta vanidad mediática y tanto narcisismo de “divinizados” consumidores, de ”nuevos ricos” que creen tener todos los derechos sin hacer el menor esfuerzo para merecerlos,  mirando sólo al ombligo de sus miserables deseos, es valioso recordar que “humildad” viene de humus: tierra, el lugar del que procedemos y (escrito con mayúsculas) el planeta en el que vivimos y que debemos cuidar para nuestros nietos, y tierra es también, por fin, el polvo al que, más tarde o más temprano, volveremos, pues “polvo” somos y en “polvo” nos convertiremos… y parece que es de ahí de donde procede la vulgar -y terrible- expresión “echar un …”: 

“Una vez que nacen quieren vivir y tener su muerte, o más bien reposar, y dejar tras sí hijos que generen muertes”. Heráclito, príncipe enigmático de Éfeso

La modestia nos conviene. Hace más fácil nuestras relaciones personales y las conserva de la vana ilusión de que siempre merecemos algo mejor, porque la modestia enlaza la humildad con el útil mecanismo social de contención que es la vergüenza . El inmodesto fácilmente ambiciona cosas imposibles, exige la perfección del compañero o de la compañera, y así se queda solo, triste y frustrado.

Con recato o decoro preservamos nuestra intimidad en lugar de exhibirla como un espectáculo

La modestia, como el recato, virtud tan estética como olvidada, teme incluso llamar la atención. El chico modesto, la mujer modesta, no reclaman para sí, continuamente, la atención de los demás, antes la otorgan aprendiendo del prójimo. Por consiguiente, la modestia es una excelencia necesaria para la disciplina escolar y educativa. Sólo aprende el que parte de la modestia de reconocer su propia ignorancia, como Sócrates, cuando dicen que afirmó: “sólo sé que no sé nada”.  

Cuestionario

1.  La vanidad… ¿Facilita o dificulta las relaciones de pareja? ¿Por qué? 2. ¿Es malo el orgullo? 3. Necesitamos el amor propio? 4. ¿Nos hace la tele vanidosos? Explique por qué. 5. ¿Quién concede la honra? 6. ¿Es lo mismo la fama que la gloria? 7. ¿En qué consiste ser honrado? 8. Dé ejemplos de “falsa humildad” o de “humildad viciosa”. 9. ¿Por qué nos conviene ser modestos? 10. ¿Por qué es necesario ser modesto para aprender?

 


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Convivencia y autenticidad

escrito el 13 de Abril de 2010 por José Biedma López en General

Nuestra alma nace y se hace con el recuerdo y la reflexión mental de nuestras experiencias, muchos de esos recuerdos y experiencias son las de las conversaciones y diálogos que hemos oído y mantenido con los demás, pues nuestras experiencias más relevantes y significativas son, en realidad, con-vivencias. No nacemos ni vivimos solos. El alma aprende a hablar con los demás, en interacción y diálogo con otros. La originalidad de la persona surge sobre el fondo de ese diálogo, con la imitación de formas y modelos de vida que nos atraen. 

Nuestra cultura contemporánea es individualista, se espera que desarrollemos nuestras propias opiniones y actitudes aislados, eligiendo solos. Sin embargo, no es así como funcionan las cosas. Incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos depende muchísimo de las actitudes de los demás, aunque no nos demos cuenta, igual que nuestra identificación de las cuestiones importantes, empezando por la definición de nuestra identidad personal, del quienes somos o nos creemos que somos. Nuestro yo se va desenvolviendo siempre en diálogo, en discusión y, a veces, en polémica, en lucha y oposición con las identidades que quieren atribuirnos quienes significan algo para nosotros: nuestros padres, nuestros hermanos y demás parientes, nuestros amigos y amigas, nuestros compañeros de clase, nuestros “colegas”. Pero cuando nos rebelamos para ser nosotros mismos, para “vivir nuestra propia vida” también seguimos otros modelos, otras influencias. 

Los otros no sólo sirven para que nos realicemos, sino también para que nos definamos. Cuando usamos a los demás como un instrumento para fines propios, no debemos olvidar que ellos son también un fin para sí mismos. Y cuando los imitamos, no debemos olvidar que somos distintos, diferentes y tenemos la obligación de ser fieles a nosotros mismos.

Los otros quieren siempre que seamos algo distinto de lo que nosotros queremos ser. Y aunque deseemos con todas nuestras fuerzas ser originales y auténticos, ser fieles a nosotros mismos, a nuestros gustos y creencias, nuestras ambiciones y proyectos, lo cierto es que imitamos a los demás sin darnos cuenta, sobre todo, a quienes admiramos. Aprendemos nuestros gustos de otros, o los negociamos con otros, de los que dependemos, y cuyo afecto y atención ansiamos.  También es un hecho que muchas de nuestras actitudes nos son inculcadas, sin que nos demos cuenta, y de forma interesada, por medio de la televisión, la prensa, las vallas publicitarias, la radio… 

Todo nos habla, incluso los muertos. Ver cuadros de pintores clásicos, películas de directores antiguos, leer libros,  es como hablar con los muertos, que siguen vivos en sus obras y se hacen presentes gracias a la magia de los signos y de los símbolos. Nuestros padres, por ejemplo, aunque desaparezcan de nuestras vidas, continuarán dentro de nosotros como interlocutores válidos mientras alentemos. No podremos liberarnos nunca del todo del recuerdo y la imagen íntima de aquellos cuyo amor y atención nos configuraron. Aunque debamos conquistar cierta autonomía, logrando controlar la influencia que otros ejercen sobre nuestros hábitos, volveremos a depender mucho de los demás como cuando fuimos chicos, cuando seamos viejos. 

Por lo tanto, los demás, me guste o no, también forman parte de mi identidad. Si algunas de las cosas a las que doy más valor, como jugar al fútbol o salir de parranda con las amigas, sólo me son accesibles en relación con otras personas, entonces esas personas se convierten en algo interior a mi identidad. Me visto así o “asao” para llamar la atención o para pasar desapercibida. Así que la opinión que atribuyo a los demás influye, lo quiera o no, en mis gustos. 

“Una persona es una personalidad porque pertenece a una comunidad, porque incorpora las instituciones de dicha comunidad a su propia conducta. Adopta el lenguaje como un medio para obtener su personalidad… la estructura sobre la cual está construida la persona es esa reacción común a todos, porque, para ser persona, es preciso ser miembro de una comunidad. Tales reacciones son actitudes abstractas, pero constituyen lo que denominamos el carácter de un ser humano. Le proporcionan lo que llamamos sus principios, las actitudes reconocidas de todos los miembros de la comunidad hacia lo que son los valores de esa comunidad. Se coloca él en el lugar del otro generalizado, que representa las reacciones organizadas de todos los miembros del grupo. Esto es lo que guía la conducta controlada por los principios, y una persona que posee semejante serie de reacciones organizadas es un hombre del cual decimos que tiene carácter, en el sentido moral” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, 1982.

 Por eso, el gran filósofo Charles Taylor ha afirmado que las formas más egocéntricas y narcisistas [1]de la cultura contemporánea son manifiestamente inadecuadas. Aspiramos a realizar todas las posibilidades y aptitudes que nos son propias, pero no podemos realizarnos:

 a)      Sin considerar las exigencias de nuestros lazos con los demás. Estos lazos pueden ser afectivos, de interés, de dependencia económica, de magisterio, de amistad, etc.

 b)      Sin considerar otras exigencias, éticas o religiosas, principalmente, que en general están más allá o fuera o por encima de los gustos y deseos humanos.

 No se puede ser auténtico sin tener en consideración a los demás, sin cuidarse de ellos de algún modo. Prestar atención a los demás y a los grandes valores de la cultura (Verdad, Bien, Belleza, Justicia) es tan importante, e incluso más importante, que estar atento a los propios caprichos y gustos. Es una estupidez colosal creer que los propios gustos son el único criterio de lo que es o no es justo, de lo que debe o no hacerse. Ser considerado con los gustos y apetencias de los demás es tan importante, incluso para el crecimiento propio, como la consideración de las propias ambiciones, que no pueden ser realizadas en ningún caso sin el concurso y la cooperación de otros.

 Además del individualismo, que nos condena en muchos casos a la soledad, la violencia o el aburrimiento, otro defecto de nuestra cultura contemporánea es un “relativismo blando” (Taylor), según el cual las cosas no valen ni significan nada a menos que el yo les atribuya valor o significado. Este relativismo está emparentado con el prejuicio de que “todas las opiniones son respetables” pues representan impresiones subjetivas válidas. Sin embargo, alguien puede opinar que las mujeres no sirven más que para cocinar, criar hijos y cuidar la casa, o que las personas de piel oscura son menos inteligentes que las de piel clara, o que los pelirrojos han nacido para hacer el mal. Tales opiniones carecen de base científica, son prejuicios hijos de la ignorancia, y no tienen nada de respetables, más bien merecen el desprecio de las personas sensatas. 

Las cosas adquieren importancia y valor sobre un horizonte de comprensión representado por los otros o el Otro en general. La comunidad o grupo social organizados que proporciona al individuo su unidad de persona fueron llamados por el psicólogo social George H. Mead “el otro generalizado”. Y en esa comunidad o grupo social están también integradas las cosas, el paisaje, las plantas y animales del medio ambiente que se comparte, los monumentos del medio histórico en que uno se está formando. Es en la forma del “otro generalizado” como la comunidad ejerce un necesario control sobre el comportamiento de sus miembros individuales; sin ese control, la cooperación y la vida en sociedad, de la que nos beneficiamos todos, sería imposible. 

“No podemos tener derechos a menos de que tengamos actitudes comunes. Lo que hemos adquirido como personas conscientes de nosotras mismas nos convierte en miembros de la sociedad y nos proporciona personalidad. Las personas sólo pueden existir en relaciones definidas con otras personas. No se puede establecer un límite neto y fijo entre nuestra propia persona y las de los otros, puesto que nuestra propia persona existe y participa como tal, en nuestra experiencia, sólo en la medida en que las personas de los otros existen y participan también como tales en nuestra experiencia” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, Buenos Aires, 1982.

 No es sólo la libertad lo que otorga valor a las cosas. Las cosas no valen simplemente porque yo las elija, no es la elección lo que les confiere valor, sino más bien al revés: debo escoger lo que es en sí valioso, lo que la comunidad en el seno de la cual crezco y vivo estima conveniente e importante. La gracia no está en que haga lo que me gusta, lo que me da la gana, sino en que me guste y halle ganas para hacer lo que me (nos) conviene hacer. Por ejemplo, merece la pena estudiar inglés en un mundo dominado por el inglés, aunque no me guste estudiar inglés. Si uno hace sólo lo que le da la gana, resulta esclavo de la gana, y no libre. Es la capacidad de sobreponerse a los apetitos, caprichos y deseos lo que nos hace diferentes a los animales y nos proyecta hacia el reino de la libertad y la moral. 

La autenticidad no puede construirse con formas que destruyan los horizontes de significado y valor de una comunidad. Mi vida no vale porque yo la elija, sino que vale porque elijo bien dentro de las posibilidades que se me ofrecen, que son limitadas. Comprendemos que hay algo que es bueno, noble, verdadero, bello, justo y valioso, independientemente de mi voluntad. La autoelección vale como ideal sólo porque ciertas cuestiones son más significativas que otras. Puedo escabullirme y huir de esas exigencias que proceden de más allá del yo, puedo renegar de mi libertad, siguiendo a la masa, dejándome llevar por la corriente, por lo que hacen los demás, cayendo en la vulgaridad, la trivialidad y el adocenamiento, pero es difícil olvidar que en muchos casos podría haber elegido mejor de lo que he elegido, tanto si esa es la elección que hacen los demás, como si no lo es.

 Resumiendo: sólo puedo definir mi libertad y ser yo mismo contra el horizonte de las cosas que tienen importancia, que una comunidad reconoce como buenas, bellas, justas y verdaderas. No puedo autorrealizarme ni ser original y único al margen de las exigencias de solidaridad con los demás y con la naturaleza que nos acoge y alimenta…

 “Sólo si existo en un mundo en el que la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mi prójimo humano, o los deberes del ciudadano, o la llamada de Dios, o alguna otra cosa de este tenor tiene una importancia que es crucial, puedo yo definir una identidad para mí mismo que no sea trivial. La autenticidad no es enemiga de las exigencias que emanan de más allá del yo; presupone esas exigencias”. Charles Taylor. “Horizontes ineludibles” en Ética de la autenticidad, Barcelona, Paidós, 1994.

Cuestionario

1. ¿Por qué vivir es convivir? 2. ¿Podemos adquirir una identidad solos? 3. ¿Por qué construimos nuestra identidad dialógicamente? 4. ¿Qué no debemos olvidar cuando usamos a los demás para nuestros fines? 5. ¿Y cuando los imitamos? 6. ¿Podemos dialogar con los muertos?, ¿En qué sentido? 7. ¿Cómo y cuánto influyen los demás en mis gustos? 8. ¿Cómo define George H. Mead el carácter moral? ¿Qué es necesario para ser persona? 9. ¿Qué son el egocentrismo y el narcisismo¿ ¿Son buenos? 10. ¿Qué requisitos atribuye Taylor a nuestra realización personal? 11. ¿Puede ser mi gusto el criterio de lo justo? 12. ¿A qué nos condena el individualismo? Ponga ejemplos. 13. ¿Qué afirma el “relativismo blando” que denuncia Taylor? 14. ¿Son todas las opiniones respetables? 15. ¿Podemos reclamar derechos sin aceptar actitudes y costumbres comunes? ¿Por qué no? 16. ¿Valen las cosas sólo porque yo las elija? 17. ¿Puedo ser libre sin aceptar las exigencias de la comunidad, la naturaleza y la historia?  


[1] Egocentrismo y narcisismo son formas exageradas y perversas de exaltación y admiración de la propia identidad o personalidad asociadas al desprecio de los demás.


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Quién soy yo

escrito el 30 de Marzo de 2010 por José Biedma López en General

CONSCIENCIA E INCONSCIENTE

La pregunta “qué soy yo” debemos hacerla a los físicos y a los químicos, pues nuestro cuerpo está hecho de materia, de agua fundamentalmente; también a los biólogos, pues somos una forma de vida entre los millones (plantas, hongos y animales) que pueblan la tierra.
Pero la pregunta más difícil de contestar es quién soy, o sea, la pregunta por el ser personal con nombre propio, apetitos, caprichos, deseos, emociones, sentimientos, pasiones, recuerdos, imágenes, fantasías, ideas, ideales, proyectos y frustraciones…
Soy una mente, un alma, un espíritu. Pero ¿qué hay en estas cosas, que no son cosas, pues no se pueden tocar, ni oler, ni mirar? Soy una intimidad , la forma más interior y permanente de este cuerpo, en que se condensan, amontonan y organizan sensaciones, datos y representaciones, en que se organizan signos y símbolos.
Me constituye el lenguaje: el que entiendo, el que hablo, el que uso para reflexionar o hacer planes… Pero mi mente no habla el mismo lenguaje cuando está despierta que cuando está dormida. Por eso, los psicólogos (quienes estudian la mente y la conducta humana) distinguen entre la consciencia y el inconsciente.
El yo y la vida consciente son un brote tardío de la evolución de la vida inconsciente.
¿Tienen consciencia los animales? En cualquier caso, menos que nosotros. Es difícil atribuir a los animales sentimientos de culpa, intenciones malvadas o placeres estéticos.
Puede que la forma original del yo fuese una conciencia de grupo, vinculada a lazos afectivos, de apego. La vida y el alma existieron antes que el yo, como un inmenso océano sobre el que el yo logra mantenerse a flote, como si fuese un náufrago o una frágil embarcación. Ese abismo oceánico nos absorbe durante el sueño; los neuróticos no paran de achicar agua para no hundirse en su fondo, los psicóticos pueden sufrir cómo ese barco del yo se parte en dos o en más partes.

SUEÑO Y VIGILIA

Responda a las siguientes preguntas:
1. ¿Cuál es su primer recuerdo infantil?
2. ¿Cuál es su mayor dificultad actual?
3. ¿Cuál es su mayor temor?
4. ¿Qué imágenes o situaciones afloran más frecuentemente en sus sueños?
5. ¿Qué haría usted si no tuviera esa dificultad?


Al contrario que la de nuestro inconsciente, la memoria de nuestra consciencia sólo abarca la experiencia que se extiende a unos pocos decenios y se apoya en la memoria individual. La conquista de la conciencia es la conquista más grande de la humanidad pero también supone una dura carga. Debe estar en armonía con las necesidades de la vida inconsciente, y esto no es fácil. Las exigencias de la vida consciente siempre suponen el control y represión de ciertas tendencias primitivas.
Para el psicólogo Jung, armonizar la vida consciente con la inconsciente exige reflexionar sobre los propios sueños, para volver a uno mismo, al “alma inconsciente y única de la humanidad”. Jung pensaba que, además del sueño, la más poderosa y espontánea de todas las actividades espirituales es la actividad religiosa, “mucho más arraigada en el hombre moderno que la sexualidad o la adaptación social”.
La conciencia es intermitente, discontinua, sólo ocupa entre la mitad y dos tercios de la duración de la vida humana. De hecho, son pocos los momentos en que se es realmente consciente.

HIJOS DE LA PENURIA

El yo integra la percepción de la posición que ocupa el cuerpo en el espacio y el tiempo, las sensaciones de frío, calor, hambre…, la percepción de los estados afectivos (tristeza, alegría, vergüenza, rabia…), y una enorme masa de recuerdos.
Jung pensaba que el elemento esencial es el estado afectivo, y por eso la conciencia del yo es más aguda e intensa cuando estamos dominados por una pasión o un afecto. Es posible que la conciencia naciera de un afecto doloroso, de un golpe en la cara, de un hecho inesperado o del choque con alguna costumbre.
En efecto, con la costumbre y familiaridad, nuestros placeres y gratificaciones pierden su intensidad y sus “cualidades maravillosas”, se disipan gradualmente y después se marchitan en la preconciencia. Eso explica por qué somos psicológicamente inconscientes de nuestra buena suerte actual o por qué sólo apreciamos la salud o el agua cuando nos faltan.
Nuestra experiencia consciente del dolor predomina sin duda sobre la del placer. “Dolores, privaciones, quejas, frustraciones y refunfuños fuerzan su camino hacia la conciencia mucho más prestamente que nuestras gratificaciones” (Abraham Maslow). O sea, que la consciencia del dolor y la desgracia es más intensa y clara que la del placer y la felicidad. El bienestar nos “atocina” y entontece, mientras que el dolor nos despabila. Como si la conciencia no hubiese sido, al menos en su origen, sino un mecanismo para luchar contra la carencia y el desequilibrio. El sufrimiento es hijo de la penuria, pero del dolor procede la conciencia.
La definición hedonista y mediática de la felicidad como placer y seguridad es falsa, ya que la felicidad real implica necesariamente riesgos y dificultades… Esto está muy bien expresado en la siguiente fábula de Juan Eugenio Hartzenbusch:

“LA PENA Y EL PLACER
Después de haber andado
el placer de la pena separado,
Júpiter, para dar a los mortales
porción igual de bienes y de males,
hizo ante sí venir al par opuesto.
Eran entrambos del estado honesto:
Júpiter, pues, con ocasión tan buena,
va y al placer le casa con la pena.
No se ha visto por vivos ni difuntos
matrimonio mejor: siempre van juntos.

 

Aviso a quien leyere:
tema quien goce; quien padezca, espere.”

En efecto, sólo aprecia plenamente una gratificación quien ha experimentado previamente un periodo de frustración y de anhelo, como goza el que bebe agua después de haber sufrido mucha sed. Es afortunado quien ama a los miembros de su familia y a sus amigos, o tiene hijos con los que llorar a causa de sus problemas, aunque eso signifique inevitablemente preocuparse, velar por ellos, y sufrir todo su dolor, además del propio. La conciencia, incluso la conciencia de la propia felicidad, es hija del sufrimiento. Quien sabe lo que es sufrir, fácilmente es consciente también del dolor ajeno, y por eso se muestra compasivo con su prójimo.

Beethoven se torturaba con su música. Sin embargo, ¿quién no quisiera ser un Beethoven? O, de forma más general, ¿quién renunciaría al privilegio de crear música eterna a causa del dolor transitorio de la creatividad? Después de todo, es posible evitar todos los problemas de la vida, vivir una existencia de tranquilidad y paz semejante a las vacas, sin ninguna dulzura de ningún tipo. Esto puede realizarse fácilmente con una lobotomía prefrontal o ingiriendo continuamente alcohol, narcóticos o tranquilizantes”. Maslow. “La psicología de la felicidad”, 1964.

DISFRUTAR CON LOS PROBLEMAS

Así pues, debemos aprender a disfrutar de las “miserias de la vida superior”, la vida de la consciencia, los dolores del parto, del desamor y de la creatividad, afrontar y tomar como un desafío los problemas reales (no los falsos problemas o los temores imaginarios), con la seguridad de que su resolución nos proporcionará una felicidad y una satisfacción de la que jamás podrá gozar ningún animal. Exagerando tal vez, el gran filósofo John Stuart Mill dijo una vez que él prefería ser desgraciado como un ser humano a ser feliz como un cerdo.
En cualquier caso, la vida personal, al contrario que la vida animal, es un continuo problema. La consciencia debe elegir, incluso si no elige, ya elige. Y cuando uno o una toman una decisión, corren, claro, el riesgo de equivocarse. Por eso se ha dicho que el hombre, al contrario que el animal, no tiene vida, sino que ha de hacerse una biografía. Yo soy lo que hago conscientemente, lo que decido ser, o sea, mi biografía.
Pero vivir, para los seres humanos (animales políticos por excelencia) es convivir, el yo no es nada sin el , sin el nosotros. Sin los otros, que aceptan mis requerimientos y ponen en cuestión continuamente al yo, que corrigen mis puntos de vista y limitan mis pretensiones, el yo se diluye en el aburrimiento, la soledad, la locura, el vacío vivencial o una vida idiotizada.
Preocuparse de algo que valga la pena es, ciertamente, mucho mejor que no tener nada ni nadie de qué o quién preocuparse.

OLVIDARSE DEL YO (¡QUÉ ALIVIO!)

Por ejemplo, preocuparse de algo fuera de uno mismo significa olvidar el yo. Esto es en sí mismo un agradable estado de conciencia. “No tener nada fuera de uno mismo que suscite el interés, la pasión o la preocupación significa estar simplemente adormecido en el regazo del propio ensimismamiento, que puede ser el estado emocional más infeliz de todos” (Maslow).

CUESTIONARIO DE ADLER
Si ha respondido usted al cuestionario de más arriba, ahora podrá reflexionar sobre sus respuestas. Se trata del cuestionario de Adler, un famoso psicóanalista.
Su respuesta a la pregunta 1 muestra cuál es su punto de vista, si su actitud en general es activa o pasiva, bloqueada o abierta, competitiva o resignada.
La respuesta a 2 expresa la orientación actual de su carácter, índice inequívoco de su predisposición neurótica. La 3, la orientación hacia el futuro del sujeto, el sentido de sus expectaciones. EL análisis onírico de 4 refiere a la exploración del inconsciente, no tanto de lo reprimido cuanto de las dificultades y amenazas que se sienten como reales.
Por último, la pregunta de las tres ws. (en alemán: Was würden Sie machen, wenn…) descubre las verdaderas tendencias del sujeto, pues si las dificultades y temores (2., 3.) fuesen irreales, al imaginar que han cesado puede el sujeto manifestar deseos profundos y no neurotizados. Adler recomendaba a sus pacientes que orientasen su comportamiento de acuerdo con la respuesta a esta quinta pregunta.


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El cortejo humano

escrito el 24 de Marzo de 2010 por José Biedma López en General

Cuando éramos pequeños, depositábamos una confianza ilimitada en nuestra madre, en nuestro padre, en nuestros abuelos. Con el tiempo, la confianza ciega es reemplazada por una actitud de alerta, y la dependencia es sustituida por la interdependencia.

Con la llegada de la pubertad, el contacto corporal con los padres se restringe. Las hijas ya no quieren jugar con los padres, y los hijos evitan el contacto con las madres. El adolescente exige reserva. Si el mensaje del niño pequeño decía “agárrame fuerte”, y el del muchachito “a ver si me tumbas”, el mensaje del adolescente es: “déjame solo”. En la adolescencia, los jóvenes tienden a aislarse y a convivir con su familia como si fueran extraños.
Es la señal para un segundo nacimiento, una salida del claustro familiar, que puede ser larga, difícil y dolorosa. Los jóvenes amantes se volverán a decir, como el niño, “agárrame fuerte”, hasta que se forma un fortísimo lazo afectivo con otra persona de distinta sangre. Para reforzar la fuerza de este lazo, el mensaje “agárrame fuerte” se amplía con “y no me sueltes”. Cuando los amantes forman una nueva unidad familiar, acaba esa repetición de la niñez.
Al contrario que el mono, el hombre adulto puede recuperar en la pareja la intimidad de que disfrutó siendo niño. El lazo que establece con ella es mucho más que una simple asociación, son más que socios, los cónyuges quieren compartirlo todo: están enamorados.
El cortejo humano, o sea, las pautas de aproximación sexual que dan lugar al emparejamiento (y apareamiento) es el más largo de la naturaleza. Sus principales etapas han sido resumidas por el famoso etólogo Desmond Morris:

1. Mirada al cuerpo
2. Mirada a los ojos
3. Intercambio vocal
4. “Hacer manitas”
5. El brazo en el hombro
6. El brazo en la cintura
7. La boca en la boca: el beso
8. La mano en la cabeza
9. La mano en el cuerpo
10. La boca en el pecho
11. La mano en el sexo
12. El sexo en el sexo

El proceso puede requerir cierto arrojo (que supere su propio pudor) y mucha perseverancia por parte del varón, según la juventud, el pudor, la prevención o la timidez de la hembra, y el proceso de galanteo puede ser interrumpido en cualquier momento por alguno de sus miembros que siente o descubre que el otro “no le conviene”, no le enamora lo suficiente como para comprometerse con él para siempre. Pues en efecto, uno no se enamora para un fin de semana o para un mes…, sino que el amor aspira a la eternidad.
En este contexto, resulta particularmente significativa la frase de J. A. Marina: “la prisa mata la ternura”, pues la prisa y la ansiedad compulsiva del consumidor pueden impedir que las emociones y los sentimientos establezcan su propio ritmo de descubrimiento y satisfacción. La habituación al otro, a quien vamos a hacer ofrenda de lo más íntimo, requiere paciencia y tiempo.
Pero la vida moderna acelera nuestros ritmos y provoca con ello, muchas veces, el fracaso de la aproximación y otros efectos engañosos. La forma más extremada de acortamiento de este proceso, que debería ser siempre respetuoso, lento y cuidadoso, es la violación, el ayuntamiento por la fuerza. Mediante la violencia, el varón bárbaro o desesperado se evita las labores del cortejo y pasa al contacto genital con toda la rapidez que permite la resistencia de la hembra. Considerada objetivamente, a parte de un grave delito contra la dignidad de las personas y el derecho inalienable de la hembra a decir no, la violación es una relación insatisfactoria a la que faltan dos ingredientes esenciales: el erotismo y la formación de pareja, o sea, la formación de un vínculo afectivo positivo.

Las relaciones sexuales humanas han estado cargadas siempre de sensualidad y erotismo. El cuerpo humano ha evolucionado también para hacerse atractivo sexualmente (sex appeal), y el instrumento principal, simbólico, de esa llamada es el lenguaje. Don Juan Tenorio es sobre todo un poeta. Trovadores y poetas han cantado siempre el amor (lirismo) y han celebrado en todas las épocas sus idilios y fracasos amorosos.
El erotismo, el arte del amor (Ars amandi), explota el sentimiento, pero es también un refinamiento cultural, una estilística histórica para la aproximación entre los sexos, una poética que crea obras sublimes y comportamientos corteses y galantes, a partir de la fuerza ciega del instinto. El erotismo es también una metafísica con una mitología propia, asociada a lo divino, a lo sagrado.
Safo, Platón, Ovidio, Ibn Hazm, Marsilio Ficino, León Hebreo, Giacomo Casanova, Anaïs Nin… han sido grandes maestras y maestros internacionales del erotismo, que no hay que confundir con la pornografía: un tipo de prostitución iconográfica.
He aquí un hermoso ejemplo de refinado erotismo, procedente de El collar de la paloma, del cordobés Ibn Hazm (994-1093).

El verdadero amor no nace en una hora,
Ni da fuego su pedernal siempre que quieres,
Sino que nace y se propaga despacio,
Tras larga compenetración que lo afianza;
Entonces no pueden acercarse a él abandonos ni menguas,
Ni pueden acercarse a él abandonos ni menguas,
Ni pueden alejarse de él firmezas y aumentos.
Confirma esto el que vemos que todo
Lo que se forma presto también perece en breve.
Yo soy una tierra dura y predegosa,
Reacia e insumisa a toda vegetación;
Pero si algunas plantas afincan sus raíces,
No han de cuidarse de que abunden las lluvias de primavera.

Comentario y cuestiones
1. Relacione lo que dice el poeta con la longitud del cortejo humano.
2. ¿Puede uno enamorarse de golpe? ¿Cree usted en el “flechazo”?
3. ¿Por qué es imprescindible el galanteo?
4. ¿Es lo mismo el enamoramiento que el amor?
5. ¿Qué diferencia hay entre el apareamiento de otros primates y el emparejamiento humano?
6. ¿Por qué dice el poeta que “su tierra” no necesita lluvia para florecer?
7. Ha intentado usted escribir alguna vez un poema de amor.
8. ¿Por qué cree usted que el cortejo humano es tan largo y complejo?
9. Comente la frase de Hegel: “la verdad del amor son los hijos”.
10. Comente los siguientes textos:

  • “Amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos egoísmos” P. Auguez.
  • “El cortejo sirve no solo para estimular la conducta sexual de la pareja, sino también para suprimir las tendencias antagónicas, esto es, conductas de agresión o de fuga” N. Tinbergen (Premio nobel en 1973).


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