Aprender a Pensar

Bitácora de clase

José Biedma López

IES Francisco de los Cobos y UNED de Úbeda

Convivencia y autenticidad

Nuestra alma nace y se hace con el recuerdo y la reflexión mental de nuestras experiencias, muchos de esos recuerdos y experiencias son las de las conversaciones y diálogos que hemos oído y mantenido con los demás, pues nuestras experiencias más relevantes y significativas son, en realidad, con-vivencias. No nacemos ni vivimos solos. El alma aprende a hablar con los demás, en interacción y diálogo con otros. La originalidad de la persona surge sobre el fondo de ese diálogo, con la imitación de formas y modelos de vida que nos atraen. 

Nuestra cultura contemporánea es individualista, se espera que desarrollemos nuestras propias opiniones y actitudes aislados, eligiendo solos. Sin embargo, no es así como funcionan las cosas. Incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos depende muchísimo de las actitudes de los demás, aunque no nos demos cuenta, igual que nuestra identificación de las cuestiones importantes, empezando por la definición de nuestra identidad personal, del quienes somos o nos creemos que somos. Nuestro yo se va desenvolviendo siempre en diálogo, en discusión y, a veces, en polémica, en lucha y oposición con las identidades que quieren atribuirnos quienes significan algo para nosotros: nuestros padres, nuestros hermanos y demás parientes, nuestros amigos y amigas, nuestros compañeros de clase, nuestros “colegas”. Pero cuando nos rebelamos para ser nosotros mismos, para “vivir nuestra propia vida” también seguimos otros modelos, otras influencias. 

Los otros no sólo sirven para que nos realicemos, sino también para que nos definamos. Cuando usamos a los demás como un instrumento para fines propios, no debemos olvidar que ellos son también un fin para sí mismos. Y cuando los imitamos, no debemos olvidar que somos distintos, diferentes y tenemos la obligación de ser fieles a nosotros mismos.

Los otros quieren siempre que seamos algo distinto de lo que nosotros queremos ser. Y aunque deseemos con todas nuestras fuerzas ser originales y auténticos, ser fieles a nosotros mismos, a nuestros gustos y creencias, nuestras ambiciones y proyectos, lo cierto es que imitamos a los demás sin darnos cuenta, sobre todo, a quienes admiramos. Aprendemos nuestros gustos de otros, o los negociamos con otros, de los que dependemos, y cuyo afecto y atención ansiamos.  También es un hecho que muchas de nuestras actitudes nos son inculcadas, sin que nos demos cuenta, y de forma interesada, por medio de la televisión, la prensa, las vallas publicitarias, la radio… 

Todo nos habla, incluso los muertos. Ver cuadros de pintores clásicos, películas de directores antiguos, leer libros,  es como hablar con los muertos, que siguen vivos en sus obras y se hacen presentes gracias a la magia de los signos y de los símbolos. Nuestros padres, por ejemplo, aunque desaparezcan de nuestras vidas, continuarán dentro de nosotros como interlocutores válidos mientras alentemos. No podremos liberarnos nunca del todo del recuerdo y la imagen íntima de aquellos cuyo amor y atención nos configuraron. Aunque debamos conquistar cierta autonomía, logrando controlar la influencia que otros ejercen sobre nuestros hábitos, volveremos a depender mucho de los demás como cuando fuimos chicos, cuando seamos viejos. 

Por lo tanto, los demás, me guste o no, también forman parte de mi identidad. Si algunas de las cosas a las que doy más valor, como jugar al fútbol o salir de parranda con las amigas, sólo me son accesibles en relación con otras personas, entonces esas personas se convierten en algo interior a mi identidad. Me visto así o “asao” para llamar la atención o para pasar desapercibida. Así que la opinión que atribuyo a los demás influye, lo quiera o no, en mis gustos. 

“Una persona es una personalidad porque pertenece a una comunidad, porque incorpora las instituciones de dicha comunidad a su propia conducta. Adopta el lenguaje como un medio para obtener su personalidad… la estructura sobre la cual está construida la persona es esa reacción común a todos, porque, para ser persona, es preciso ser miembro de una comunidad. Tales reacciones son actitudes abstractas, pero constituyen lo que denominamos el carácter de un ser humano. Le proporcionan lo que llamamos sus principios, las actitudes reconocidas de todos los miembros de la comunidad hacia lo que son los valores de esa comunidad. Se coloca él en el lugar del otro generalizado, que representa las reacciones organizadas de todos los miembros del grupo. Esto es lo que guía la conducta controlada por los principios, y una persona que posee semejante serie de reacciones organizadas es un hombre del cual decimos que tiene carácter, en el sentido moral” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, 1982.

 Por eso, el gran filósofo Charles Taylor ha afirmado que las formas más egocéntricas y narcisistas [1]de la cultura contemporánea son manifiestamente inadecuadas. Aspiramos a realizar todas las posibilidades y aptitudes que nos son propias, pero no podemos realizarnos:

 a)      Sin considerar las exigencias de nuestros lazos con los demás. Estos lazos pueden ser afectivos, de interés, de dependencia económica, de magisterio, de amistad, etc.

 b)      Sin considerar otras exigencias, éticas o religiosas, principalmente, que en general están más allá o fuera o por encima de los gustos y deseos humanos.

 No se puede ser auténtico sin tener en consideración a los demás, sin cuidarse de ellos de algún modo. Prestar atención a los demás y a los grandes valores de la cultura (Verdad, Bien, Belleza, Justicia) es tan importante, e incluso más importante, que estar atento a los propios caprichos y gustos. Es una estupidez colosal creer que los propios gustos son el único criterio de lo que es o no es justo, de lo que debe o no hacerse. Ser considerado con los gustos y apetencias de los demás es tan importante, incluso para el crecimiento propio, como la consideración de las propias ambiciones, que no pueden ser realizadas en ningún caso sin el concurso y la cooperación de otros.

 Además del individualismo, que nos condena en muchos casos a la soledad, la violencia o el aburrimiento, otro defecto de nuestra cultura contemporánea es un “relativismo blando” (Taylor), según el cual las cosas no valen ni significan nada a menos que el yo les atribuya valor o significado. Este relativismo está emparentado con el prejuicio de que “todas las opiniones son respetables” pues representan impresiones subjetivas válidas. Sin embargo, alguien puede opinar que las mujeres no sirven más que para cocinar, criar hijos y cuidar la casa, o que las personas de piel oscura son menos inteligentes que las de piel clara, o que los pelirrojos han nacido para hacer el mal. Tales opiniones carecen de base científica, son prejuicios hijos de la ignorancia, y no tienen nada de respetables, más bien merecen el desprecio de las personas sensatas. 

Las cosas adquieren importancia y valor sobre un horizonte de comprensión representado por los otros o el Otro en general. La comunidad o grupo social organizados que proporciona al individuo su unidad de persona fueron llamados por el psicólogo social George H. Mead “el otro generalizado”. Y en esa comunidad o grupo social están también integradas las cosas, el paisaje, las plantas y animales del medio ambiente que se comparte, los monumentos del medio histórico en que uno se está formando. Es en la forma del “otro generalizado” como la comunidad ejerce un necesario control sobre el comportamiento de sus miembros individuales; sin ese control, la cooperación y la vida en sociedad, de la que nos beneficiamos todos, sería imposible. 

“No podemos tener derechos a menos de que tengamos actitudes comunes. Lo que hemos adquirido como personas conscientes de nosotras mismas nos convierte en miembros de la sociedad y nos proporciona personalidad. Las personas sólo pueden existir en relaciones definidas con otras personas. No se puede establecer un límite neto y fijo entre nuestra propia persona y las de los otros, puesto que nuestra propia persona existe y participa como tal, en nuestra experiencia, sólo en la medida en que las personas de los otros existen y participan también como tales en nuestra experiencia” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, Buenos Aires, 1982.

 No es sólo la libertad lo que otorga valor a las cosas. Las cosas no valen simplemente porque yo las elija, no es la elección lo que les confiere valor, sino más bien al revés: debo escoger lo que es en sí valioso, lo que la comunidad en el seno de la cual crezco y vivo estima conveniente e importante. La gracia no está en que haga lo que me gusta, lo que me da la gana, sino en que me guste y halle ganas para hacer lo que me (nos) conviene hacer. Por ejemplo, merece la pena estudiar inglés en un mundo dominado por el inglés, aunque no me guste estudiar inglés. Si uno hace sólo lo que le da la gana, resulta esclavo de la gana, y no libre. Es la capacidad de sobreponerse a los apetitos, caprichos y deseos lo que nos hace diferentes a los animales y nos proyecta hacia el reino de la libertad y la moral. 

La autenticidad no puede construirse con formas que destruyan los horizontes de significado y valor de una comunidad. Mi vida no vale porque yo la elija, sino que vale porque elijo bien dentro de las posibilidades que se me ofrecen, que son limitadas. Comprendemos que hay algo que es bueno, noble, verdadero, bello, justo y valioso, independientemente de mi voluntad. La autoelección vale como ideal sólo porque ciertas cuestiones son más significativas que otras. Puedo escabullirme y huir de esas exigencias que proceden de más allá del yo, puedo renegar de mi libertad, siguiendo a la masa, dejándome llevar por la corriente, por lo que hacen los demás, cayendo en la vulgaridad, la trivialidad y el adocenamiento, pero es difícil olvidar que en muchos casos podría haber elegido mejor de lo que he elegido, tanto si esa es la elección que hacen los demás, como si no lo es.

 Resumiendo: sólo puedo definir mi libertad y ser yo mismo contra el horizonte de las cosas que tienen importancia, que una comunidad reconoce como buenas, bellas, justas y verdaderas. No puedo autorrealizarme ni ser original y único al margen de las exigencias de solidaridad con los demás y con la naturaleza que nos acoge y alimenta…

 “Sólo si existo en un mundo en el que la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mi prójimo humano, o los deberes del ciudadano, o la llamada de Dios, o alguna otra cosa de este tenor tiene una importancia que es crucial, puedo yo definir una identidad para mí mismo que no sea trivial. La autenticidad no es enemiga de las exigencias que emanan de más allá del yo; presupone esas exigencias”. Charles Taylor. “Horizontes ineludibles” en Ética de la autenticidad, Barcelona, Paidós, 1994.

Cuestionario

1. ¿Por qué vivir es convivir? 2. ¿Podemos adquirir una identidad solos? 3. ¿Por qué construimos nuestra identidad dialógicamente? 4. ¿Qué no debemos olvidar cuando usamos a los demás para nuestros fines? 5. ¿Y cuando los imitamos? 6. ¿Podemos dialogar con los muertos?, ¿En qué sentido? 7. ¿Cómo y cuánto influyen los demás en mis gustos? 8. ¿Cómo define George H. Mead el carácter moral? ¿Qué es necesario para ser persona? 9. ¿Qué son el egocentrismo y el narcisismo¿ ¿Son buenos? 10. ¿Qué requisitos atribuye Taylor a nuestra realización personal? 11. ¿Puede ser mi gusto el criterio de lo justo? 12. ¿A qué nos condena el individualismo? Ponga ejemplos. 13. ¿Qué afirma el “relativismo blando” que denuncia Taylor? 14. ¿Son todas las opiniones respetables? 15. ¿Podemos reclamar derechos sin aceptar actitudes y costumbres comunes? ¿Por qué no? 16. ¿Valen las cosas sólo porque yo las elija? 17. ¿Puedo ser libre sin aceptar las exigencias de la comunidad, la naturaleza y la historia?  


[1] Egocentrismo y narcisismo son formas exageradas y perversas de exaltación y admiración de la propia identidad o personalidad asociadas al desprecio de los demás.



escrito el 13 de abril de 2010 por en General

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