Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Solilunio

José Biedma López

IES Francisco de los Cobos y UNED de Úbeda

Conversación amable

escrito el 12 de junio de 2010 por en General
Flor pública

Conversación de mosquillas

Puede que el verdadero amor no sea otra cosa sino una conversación que aspira a hacerse infinita. Sin amigos, la vida que llevamos decae, se hace inhumana, apenas merece la pena de ser vivida. Por eso es necesario que mejoremos nuestra capacidad para la conversación: para ganar amigos o para conservarlos.

Los coloquios entre hombres y mujeres hacen crecer el sentido de humanidad. La conversación humaniza.

La conversación limita el egoísmo y modera el orgullo, pues al dialogar nos damos cuenta de que nuestra opinión es parcial y nuestro punto de vista incompleto. Los demás no tienen por qué compartir la extraordinaria o la pésima opinión que tenemos sobre nosotros mismos. Por eso, la conversación corrige la autoestima y nos anima si estamos “bajos de moral”.

A medida que nos vamos educando y civilizando, la conversación sustituye al contacto físico y la discusión a la agresión, en un  proceso de racionalización e idealización. La capacidad para el diálogo supone competencia moral porque en el diálogo están presentes dos valores imprescindibles para la democracia: La solidaridad y la justicia. Si dialogamos con voluntad de entendernos lo hacemos buscando soluciones justas para todas las partes en comunicación, comprometiéndonos en el acercamiento de posiciones y en la aplicación de las soluciones que acordamos. Dialogando buscamos modos de convivencia equitativos.

El acuerdo, el consenso, es señal de verdad en cuestiones prácticas, siempre que se den una serie de condiciones: a) que no medien coacciones ni amenazas; b) que haya sincera intención de llegar a un acuerdo y compromiso con sus efectos; y c) que no haya mentiras, hipocresía o simulación.

El halago y el insulto son los límites de la conversación. El halago es una especie de mentira. Le decimos al interlocutor lo que desea o espera oír, por interés o por miedo, a sabiendas de que no es la verdad. La adulación es una forma perversa de persuasión.

Cuando insultamos ya no usamos las palabras como signos, sino como armas, buscamos la humillación del otro, le arrojamos palabras y frases como dardos para herirle. Quien insulta ya no dialoga. 

Para dialogar de forma creativa hace falta un esfuerzo de imaginación: el de ponerse en lugar del otro. Esto significa renunciar a verlo todo desde el “ombligo” de los propios intereses, pasiones y prejuicios, mientras no sirvan para todos y el otro no los comparta. Significa también el reconocimiento de que el otro tiene derecho a recibir explicaciones razonables y a expresarse libremente. Dialogar exige franqueza, ánimo veraz y buena voluntad, la capacidad crítica de ir evaluando las aproximaciones al acuerdo y la esperanza de alcanzar soluciones que nos convengan a todos. Dialogar es lo que los humanos pueden hacer para cooperar en la consecución de fines comunes, y los animales no. 

obra gráfica de Vicente Ballester Zaragozá

Muchos ven más que uno solo. He aquí la colección de consejos que he podido recoger de los ejercicios de mi alumnado de Cambios Sociales cuando les pregunté por reglas para mejorar la conversación:

-Respeto: no insultar ni amenazar (Paqui, Cristián)

-Guardar el turno para hablar y no interrumpir al otro (Raquel, Ana)

-Saber escuchar (Mercedes, Alba)

-Escribir, leer y relacionarse (Silvia). ¡Claro! La conversación puede ganar profundidad y precisión si es escrita; además, leyendo podemos ampliar los temas de conversación y mejorar nuestra capacidad de expresión.

-No hablar de lo que molesta al interlocutor (Natalia Expósito)

-Saber explicarse y expresarse (Mercedes)

-Simpatía y hablar de lo que se comparte (María Dolores Gómez)

-No mentir (Jesús)

-Respetar los puntos de vista y las ideas de los demás (Jesús, Juan)

-No gritar (Valentín, Mónica Díaz)

-Hablar con vergüenza, sin usar palabrotas ni llegar nunca a las manos (Valentín)

-Razonar bien (José Manuel)

-Comprensión de lo que dice el interlocutor (Natalia Jiménez)

-Pensar lo que se dice (María Dolores Alhambra). Un dicho pragmático recomienda: “Piensa todo lo que digas, pero no digas todo lo que piensas”

Algunas de las normas que aporta el alumnado son ambiguas, por ejemplo Almudena dice que “hay que hablar correctamente”, pero no sabemos si se refiere a reglas de moralidad (hablar decentemente) o a reglas gramaticales (ser preciso, usar un vocabulario rico, respetar las reglas sintácticas…). 

Maledicencia

No toda conversación es amable. Se puede hablar para escupir maldiciones, o para murmurar contra la honra de otros. Hablar mal de los demás para desacreditarlos públicamente, o “cortarles un traje” mientras no pueden defenderse porque están ausentes, son prácticas tan corrientes como cobardes, sobre todo si suponen, como suele suceder, invenciones y mentiras. Se puede hablar mal de los demás por resentimiento, odio, envidia, ansia de venganza…

La maledicencia puede hundir a las personas en el desprecio y aislarles de los demás. Los rumores y murmuraciones, en los pueblos  o en comunidades muy cerradas, pueden hacer mucho daño. La lengua puede herir tanto o más que la espada.

Hablar mal de las mujeres (sea por miedo, por resentimiento o por odio, misoginia), como si todas fueran veleidosas o falsas;  o de los hombres, como si todos fueran egoístas y perversos; o hablar mal de los políticos, como si todos fueran corruptos; de los curas, los médicos o los maestros, son también tipos diversos de maledicencia, a la que somos demasiado dados los españoles, tal vez por envidia…, o por celos profesionales, como cuando un escritor habla mal de otro o un zapatero de otro zapatero…

Sobre la maledicencia, la mala costumbre de maldecir y murmurar de los demás, el autor de este blog escribió un artículo en el Diario Jaén (5 de junio de 1994), que ahora pongo a disposición de mis alumnos de Cambios Sociales como lectura complementaria…

http://sites.google.com/site/sofoteca/solilunio-1

Cuestionario

1. Explique por qué la conversación limita el orgullo a la vez que nos anima. 2.  ¿Qué competencias morales supone la habilidad para dialogar? 3. ¿Cuando un acuerdo nos compromete y obliga? 4. ¿Por qué motivos solemos hablar mal de los demás? 5. Ponga ejemplos del daño que puede hacer la maledicencia. 6. ¿Por qué las conversaciones telefónicas y el “chateo” se prestan tanto al malentendido? 7. Comente el refrán “difama que algo queda”.8. Dependen nuestra fama, honra y bueno nombre de lo que los demás dicen de nosotros, ¿nos importa el qué dirán? 9. ¿Qué son las “recomendaciones”? ¿Tienen importancia en la vida social y laboral? 10. Cuando dejamos de hablarnos con alguien, ¿quiere decir esto que renunciamos a influirle y a que nos influya? 11. ¿Pueden servir las palabras también para tender velos y enmascarar sentimientos? 12. ¿Qué papel desempeñan los “cumplidos” y los piropos en las relaciones interpersonales? 13. ¿Qué cumplidos suelen hacerse hoy los jóvenes? 14. ¿Cuáles son los insultos más frecuentes? ¿Qué insulto no puede usted sufrir?


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Vanidad y modestia

escrito el 25 de mayo de 2010 por en General

ORGULLO Y HONRADEZ

Exceso de autoestima

Como pasa con otros sentimientos, el orgullo no es malo ni bueno en sí. Los seres humanos nos movemos dramáticamente entre la exaltación del yo y la afirmación del nosotros. Tanto para los griegos como para los cristianos, el orgullo excesivo (hybris) y la soberbia han sido las faltas o pecados capitales. Los ángeles diabólicos cayeron del Cielo por su soberbia, y Eva y Adán fueron expulsados del paraíso por querer convertirse en dioses.

Altanería, fanfarronería… son formas de vanidad y de soberbia, sobre todo cuando una o uno presumen de excelencias fingidas o de falsos méritos. Al que ostenta excesivamente bienes propios y exhibe una falsa apariencia de lujo y poderío, dándose una exagerada importancia, le hemos llamado con frecuencia fanfarrón o “bambolla”. Por el contrario, la capacidad para distanciarse del amor propio suele ser un requisito del buen humor.

como un gallo sobre un montón de estiércol

El diccionario define  “vanidad” como arrogancia, esto es, como un exagerado deseo de ser admirado por méritos que pueden ser más fantásticos que reales.

A todos nos gusta que los demás nos alaben y nadie es inmune al halago y a los piropos. Los publicistas lo saben y cultivan la vanidad del espectador; los seductores lo saben, y acarician el oído de sus presas con piropos exagerados: “¡porque tú lo vales!” -repite un eslogan de productos cosméticos. La cosmética es un instrumento de la vanidad, para parecer más guapo o guapa, para simular una belleza que no se posee naturalmente. Los anunciantes halagan incesantemente nuestra vanidad para colocarnos productos que suelen ser caros, pero tan inútiles como venenosos.

Pero los excesos de modestia o de humildad pueden ser tan destructivos como los  del orgullo. Es indecoroso proclamar que uno está por encima de los demás en belleza o méritos propios, pero es pésimo considerar que uno no es digno de merecer el afecto de los demás ni de vivir y luchar por su felicidad. La falta de autoestima puede hacer que consintamos el maltrato de otros, no reconociendo nuestras aptitudes valiosas, o impidiéndonos que las desarrollemos. La falta de autoestima, de amor propio, puede hacer que caigamos en una tristeza patológica, morbosa o enfermiza, que los psicólogos y psiquiatras llaman depresión. El amor propio es tan necesario y legítimo, como perverso resulta si se convierte en egoísmo.

En las relaciones con los demás es tan negativo pecar de orgullo como de humildad. Si lo primero, podemos caer en la falta de respeto al otro, e incluso en la crueldad, disfrutando mientras le humillamos o le maltratamos, usándole como si fuera una cosa. Si pecamos de humildes, sin embargo, no sabemos decir “no” a cada, o nos prestamos a todo, por no quedarnos solos, es fácil que el otro acabe abusando de nosotros o despreciándonos.

Para estar contentos con nosotros mismos también debemos conseguir el reconocimiento de los demás, disfrutando de “buena fama”. La fama es un bien tan perseguido que “los famosos” pasan automáticamente a pertenecer al universo del “glamour”, sin que se sepa muy bien en qué consiste esa “gracia” o “carisma” del glamour, y aunque sólo presuman de famosos por sus sinvergonzonerías, por su exhibicionismo en las “revistas del corazón” (“prensa rosa”), o por haber saltado a la cama de otro “famoso”. La fama no es más que la hermana prostituta de la gloria. Uno puede hacerse famoso incluso por haber causado un gran mal (Bin Laden), pero uno alcanza la gloria sólo si hace de verdad cosas buenas por la humanidad, si realiza hazañas o actos valiosos.

La buena o la mala fama han tenido en España una importancia tan grande que uno podía sacrificarse y morir, o asesinar y delinquir, por la honra y el honor. En sociedades clasistas o racistas, el honor o la honra son patrimonio de una minoría “benemérita”, de una etnia, o de una casta (nobleza de sangre). En una sociedad materialista como la nuestra, el honor o la honra pueden estar asociados a tener un buen coche, vivir en un barrio de “gente bien”, salir con “gente guapa”, ir a la moda, etc.

Pero la modernidad ha ampliado el sentimiento de orgullo o dignidad a toda la raza humana. Cualquier ser humano, por el hecho de serlo, es digno porque -al contrario que un animal, una planta, un hongo o una roca- puede abrigar sentimientos e ideales elevados, nobles o sublimes. Merecemos derechos porque somos capaces de pensar, de amar y de asumir obligaciones respecto de los demás, a los que también les reconocemos derechos, el principal: vivir y luchar honradamente por la felicidad. Los derechos cívicos -decía Kant- dependen de que ejerzamos un oficio reconocido socialmente, de que podamos causar con nuestro trabajo un beneficio social.

La honra y el honor dependen de los méritos propios, pero exigen el reconocimiento de la comunidad: el honor lo otorga la comunidad. Su símbolo es la medalla que el soldado recibe por su arrojo en la defensa de su patria, o el talón que se otorga a un sabio por el descubrimiento de un remedio contra el cáncer, o el objeto artístico que recibe un escritor por la calidad de su novela, o el diploma que concedemos al estudiante sobresaliente: “matrícula de honor”.

“Los honores son de la comunidad. Quien no hace bien ninguno a la comunidad no será honrado por ella, pues la comunidad da de suyo sólo lo que a su vez le beneficia”. Aristóteles   

Cuando alguien cree que merece un honor y no lo obtiene puede sentirse ofendido o humillado. También puede que el ejército arranque sus galones a un oficial por su comportamiento deshonroso, o la Guardia Civil expulse del cuerpo a un guardia corrupto, privándole así de la honra que compartía con sus compañeros y jefes.

Como afirma J. A. Marina:

La deshonra, por ejemplo en España, adquirió una profundidad y dramatismo notorios, porque el honor había pasado a ser un “patrimonio del alma”, una propiedad moral. Conservaba, sin embargo, una cierta independencia como de cosa, lo que permitía que un felón pudiera robarlo, arrebatarlo, destruirlo, aun en contra de la voluntad de su dueño. Se convirtió así en un concepto contradictorio. Era lo más íntimo del hombre y al mismo tiempo podía ser robado como si fuera un mueble. El prototipo de este robo era la violación. Una mujer perdía su honra -su virginidad-, por ejemplo, si era violada o seducida. Diccionario de los sentimientos, 1999.

Por suerte, hoy hemos superado la colocación de la honra en la entrepierna de las mujeres,  a las que no cabe ni mucho menos considerar como “nuestras”, ni siquiera como una propiedad moral. Ni la honra depende ya de lo que los demás hacen con una o con uno, sino de lo que uno o una hacen con y por los demás. Ser honrado equivale, en el lenguaje moral común, a ser reconocido como “buena gente” o “buena persona”:  fiable, pacífico, cariñoso con los padres, los hijos y la pareja, respetuoso con el resto de ciudadanos, cuidadoso con las personas a nuestro cargo, que paga sus deudas, que no roba ni comete delitos de cualquier tipo… Ser buena gente es no tener vicios enormes, mostrar buenas costumbres, y poseer algo (¡nadie es perfecto!) de las virtudes fundamentales: templanza, valor, prudencia y justicia.

El logro fundamental de una buena educación es producir y convertirse en mujeres y hombres honrados, porque los seres humanos no pueden aspirar a la felicidad sin el reconocimiento de su dignidad por parte de aquellos con quienes conviven.

Si quiere usted relajarse con dos bonitas fábulas sobre la vanidad y “la humildad”  puede ver la presentación que lleva ese nombre, pinchando en él:

Cristo de la Humildad (Amadeo Ruiz Olmos, Úbeda)

HUMILDAD Y MODESTIA

Lo contrario del exceso de orgullo es la humildad. Tomás de Aquino, importante doctor cristiano, decía que la función de la virtud de la humildad es hacer razonable al orgullo. Así, la humildad modera nuestro deseo de bienes. Ante el poder de Dios (Creador del mundo para el Aquinate), todos hemos de reconocer nuestra pequeñez y nuestra menesterosidad. El hombre debe reconocer su insuficiencia para ser feliz sin la ayuda de Dios (o de la Naturaleza, o de la Suerte, si uno no cree en Dios). Si no -como decía Kierkegaard-, el ser humano parecerá un gallo gritando su orgullo sobre un montón de estiércol.

Sin embargo, todo exceso es malo, incluso el exceso de humildad, pues la humildad  puede ser postiza y convertirse “zorrunamente” en una “falsa humildad”, en una humildad retórica o afectada, que el tunante o el demagogo (mal político) usan para que nos confiemos y poder así persuadirnos o engañarnos con facilidad.

Los filósofos modernos hablaron de una “humildad viciosa” que se opone a la verdadera generosidad, cuando uno reconoce su impotencia o debilidad como pretexto para no esforzarse por superarlas, para no sacrificarse por mejorar su situación o sus costumbres.

En nuestros días,  ante tanta vanidad mediática y tanto narcisismo de “divinizados” consumidores, de “nuevos ricos” que creen tener todos los derechos sin hacer el menor esfuerzo para merecerlos,  mirando sólo al ombligo de sus miserables deseos, es valioso recordar que “humildad” viene de humus: tierra, el lugar del que procedemos y (escrito con mayúsculas) el planeta en el que vivimos y que debemos cuidar para nuestros nietos, y tierra es también, por fin, el polvo al que, más tarde o más temprano, volveremos, pues “polvo” somos y en “polvo” nos convertiremos… y parece que es de ahí de donde procede la vulgar -y terrible- expresión “echar un …”: 

“Una vez que nacen quieren vivir y tener su muerte, o más bien reposar, y dejar tras sí hijos que generen muertes”. Heráclito, príncipe enigmático de Éfeso

La modestia nos conviene. Hace más fácil nuestras relaciones personales y las conserva de la vana ilusión de que siempre merecemos algo mejor, porque la modestia enlaza la humildad con el útil mecanismo social de contención que es la vergüenza . El inmodesto fácilmente ambiciona cosas imposibles, exige la perfección del compañero o de la compañera, y así se queda solo, triste y frustrado.

Con recato o decoro preservamos nuestra intimidad en lugar de exhibirla como un espectáculo

La modestia, como el recato, virtud tan estética como olvidada, teme incluso llamar la atención. El chico modesto, la mujer modesta, no reclaman para sí, continuamente, la atención de los demás, antes la otorgan aprendiendo del prójimo. Por consiguiente, la modestia es una excelencia necesaria para la disciplina escolar y educativa. Sólo aprende el que parte de la modestia de reconocer su propia ignorancia, como Sócrates, cuando dicen que afirmó: “sólo sé que no sé nada”.  

Cuestionario

1.  La vanidad… ¿Facilita o dificulta las relaciones de pareja? ¿Por qué? 2. ¿Es malo el orgullo? 3. Necesitamos el amor propio? 4. ¿Nos hace la tele vanidosos? Explique por qué. 5. ¿Quién concede la honra? 6. ¿Es lo mismo la fama que la gloria? 7. ¿En qué consiste ser honrado? 8. Dé ejemplos de “falsa humildad” o de “humildad viciosa”. 9. ¿Por qué nos conviene ser modestos? 10. ¿Por qué es necesario ser modesto para aprender?

 


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Convivencia y autenticidad

escrito el 13 de abril de 2010 por en General

Nuestra alma nace y se hace con el recuerdo y la reflexión mental de nuestras experiencias, muchos de esos recuerdos y experiencias son las de las conversaciones y diálogos que hemos oído y mantenido con los demás, pues nuestras experiencias más relevantes y significativas son, en realidad, con-vivencias. No nacemos ni vivimos solos. El alma aprende a hablar con los demás, en interacción y diálogo con otros. La originalidad de la persona surge sobre el fondo de ese diálogo, con la imitación de formas y modelos de vida que nos atraen. 

Nuestra cultura contemporánea es individualista, se espera que desarrollemos nuestras propias opiniones y actitudes aislados, eligiendo solos. Sin embargo, no es así como funcionan las cosas. Incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos depende muchísimo de las actitudes de los demás, aunque no nos demos cuenta, igual que nuestra identificación de las cuestiones importantes, empezando por la definición de nuestra identidad personal, del quienes somos o nos creemos que somos. Nuestro yo se va desenvolviendo siempre en diálogo, en discusión y, a veces, en polémica, en lucha y oposición con las identidades que quieren atribuirnos quienes significan algo para nosotros: nuestros padres, nuestros hermanos y demás parientes, nuestros amigos y amigas, nuestros compañeros de clase, nuestros “colegas”. Pero cuando nos rebelamos para ser nosotros mismos, para “vivir nuestra propia vida” también seguimos otros modelos, otras influencias. 

Los otros no sólo sirven para que nos realicemos, sino también para que nos definamos. Cuando usamos a los demás como un instrumento para fines propios, no debemos olvidar que ellos son también un fin para sí mismos. Y cuando los imitamos, no debemos olvidar que somos distintos, diferentes y tenemos la obligación de ser fieles a nosotros mismos.

Los otros quieren siempre que seamos algo distinto de lo que nosotros queremos ser. Y aunque deseemos con todas nuestras fuerzas ser originales y auténticos, ser fieles a nosotros mismos, a nuestros gustos y creencias, nuestras ambiciones y proyectos, lo cierto es que imitamos a los demás sin darnos cuenta, sobre todo, a quienes admiramos. Aprendemos nuestros gustos de otros, o los negociamos con otros, de los que dependemos, y cuyo afecto y atención ansiamos.  También es un hecho que muchas de nuestras actitudes nos son inculcadas, sin que nos demos cuenta, y de forma interesada, por medio de la televisión, la prensa, las vallas publicitarias, la radio… 

Todo nos habla, incluso los muertos. Ver cuadros de pintores clásicos, películas de directores antiguos, leer libros,  es como hablar con los muertos, que siguen vivos en sus obras y se hacen presentes gracias a la magia de los signos y de los símbolos. Nuestros padres, por ejemplo, aunque desaparezcan de nuestras vidas, continuarán dentro de nosotros como interlocutores válidos mientras alentemos. No podremos liberarnos nunca del todo del recuerdo y la imagen íntima de aquellos cuyo amor y atención nos configuraron. Aunque debamos conquistar cierta autonomía, logrando controlar la influencia que otros ejercen sobre nuestros hábitos, volveremos a depender mucho de los demás como cuando fuimos chicos, cuando seamos viejos. 

Por lo tanto, los demás, me guste o no, también forman parte de mi identidad. Si algunas de las cosas a las que doy más valor, como jugar al fútbol o salir de parranda con las amigas, sólo me son accesibles en relación con otras personas, entonces esas personas se convierten en algo interior a mi identidad. Me visto así o “asao” para llamar la atención o para pasar desapercibida. Así que la opinión que atribuyo a los demás influye, lo quiera o no, en mis gustos. 

“Una persona es una personalidad porque pertenece a una comunidad, porque incorpora las instituciones de dicha comunidad a su propia conducta. Adopta el lenguaje como un medio para obtener su personalidad… la estructura sobre la cual está construida la persona es esa reacción común a todos, porque, para ser persona, es preciso ser miembro de una comunidad. Tales reacciones son actitudes abstractas, pero constituyen lo que denominamos el carácter de un ser humano. Le proporcionan lo que llamamos sus principios, las actitudes reconocidas de todos los miembros de la comunidad hacia lo que son los valores de esa comunidad. Se coloca él en el lugar del otro generalizado, que representa las reacciones organizadas de todos los miembros del grupo. Esto es lo que guía la conducta controlada por los principios, y una persona que posee semejante serie de reacciones organizadas es un hombre del cual decimos que tiene carácter, en el sentido moral” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, 1982.

 Por eso, el gran filósofo Charles Taylor ha afirmado que las formas más egocéntricas y narcisistas [1]de la cultura contemporánea son manifiestamente inadecuadas. Aspiramos a realizar todas las posibilidades y aptitudes que nos son propias, pero no podemos realizarnos:

 a)      Sin considerar las exigencias de nuestros lazos con los demás. Estos lazos pueden ser afectivos, de interés, de dependencia económica, de magisterio, de amistad, etc.

 b)      Sin considerar otras exigencias, éticas o religiosas, principalmente, que en general están más allá o fuera o por encima de los gustos y deseos humanos.

 No se puede ser auténtico sin tener en consideración a los demás, sin cuidarse de ellos de algún modo. Prestar atención a los demás y a los grandes valores de la cultura (Verdad, Bien, Belleza, Justicia) es tan importante, e incluso más importante, que estar atento a los propios caprichos y gustos. Es una estupidez colosal creer que los propios gustos son el único criterio de lo que es o no es justo, de lo que debe o no hacerse. Ser considerado con los gustos y apetencias de los demás es tan importante, incluso para el crecimiento propio, como la consideración de las propias ambiciones, que no pueden ser realizadas en ningún caso sin el concurso y la cooperación de otros.

 Además del individualismo, que nos condena en muchos casos a la soledad, la violencia o el aburrimiento, otro defecto de nuestra cultura contemporánea es un “relativismo blando” (Taylor), según el cual las cosas no valen ni significan nada a menos que el yo les atribuya valor o significado. Este relativismo está emparentado con el prejuicio de que “todas las opiniones son respetables” pues representan impresiones subjetivas válidas. Sin embargo, alguien puede opinar que las mujeres no sirven más que para cocinar, criar hijos y cuidar la casa, o que las personas de piel oscura son menos inteligentes que las de piel clara, o que los pelirrojos han nacido para hacer el mal. Tales opiniones carecen de base científica, son prejuicios hijos de la ignorancia, y no tienen nada de respetables, más bien merecen el desprecio de las personas sensatas. 

Las cosas adquieren importancia y valor sobre un horizonte de comprensión representado por los otros o el Otro en general. La comunidad o grupo social organizados que proporciona al individuo su unidad de persona fueron llamados por el psicólogo social George H. Mead “el otro generalizado”. Y en esa comunidad o grupo social están también integradas las cosas, el paisaje, las plantas y animales del medio ambiente que se comparte, los monumentos del medio histórico en que uno se está formando. Es en la forma del “otro generalizado” como la comunidad ejerce un necesario control sobre el comportamiento de sus miembros individuales; sin ese control, la cooperación y la vida en sociedad, de la que nos beneficiamos todos, sería imposible. 

“No podemos tener derechos a menos de que tengamos actitudes comunes. Lo que hemos adquirido como personas conscientes de nosotras mismas nos convierte en miembros de la sociedad y nos proporciona personalidad. Las personas sólo pueden existir en relaciones definidas con otras personas. No se puede establecer un límite neto y fijo entre nuestra propia persona y las de los otros, puesto que nuestra propia persona existe y participa como tal, en nuestra experiencia, sólo en la medida en que las personas de los otros existen y participan también como tales en nuestra experiencia” George H. Mead. Espíritu, persona y sociedad, Buenos Aires, 1982.

 No es sólo la libertad lo que otorga valor a las cosas. Las cosas no valen simplemente porque yo las elija, no es la elección lo que les confiere valor, sino más bien al revés: debo escoger lo que es en sí valioso, lo que la comunidad en el seno de la cual crezco y vivo estima conveniente e importante. La gracia no está en que haga lo que me gusta, lo que me da la gana, sino en que me guste y halle ganas para hacer lo que me (nos) conviene hacer. Por ejemplo, merece la pena estudiar inglés en un mundo dominado por el inglés, aunque no me guste estudiar inglés. Si uno hace sólo lo que le da la gana, resulta esclavo de la gana, y no libre. Es la capacidad de sobreponerse a los apetitos, caprichos y deseos lo que nos hace diferentes a los animales y nos proyecta hacia el reino de la libertad y la moral. 

La autenticidad no puede construirse con formas que destruyan los horizontes de significado y valor de una comunidad. Mi vida no vale porque yo la elija, sino que vale porque elijo bien dentro de las posibilidades que se me ofrecen, que son limitadas. Comprendemos que hay algo que es bueno, noble, verdadero, bello, justo y valioso, independientemente de mi voluntad. La autoelección vale como ideal sólo porque ciertas cuestiones son más significativas que otras. Puedo escabullirme y huir de esas exigencias que proceden de más allá del yo, puedo renegar de mi libertad, siguiendo a la masa, dejándome llevar por la corriente, por lo que hacen los demás, cayendo en la vulgaridad, la trivialidad y el adocenamiento, pero es difícil olvidar que en muchos casos podría haber elegido mejor de lo que he elegido, tanto si esa es la elección que hacen los demás, como si no lo es.

 Resumiendo: sólo puedo definir mi libertad y ser yo mismo contra el horizonte de las cosas que tienen importancia, que una comunidad reconoce como buenas, bellas, justas y verdaderas. No puedo autorrealizarme ni ser original y único al margen de las exigencias de solidaridad con los demás y con la naturaleza que nos acoge y alimenta…

 “Sólo si existo en un mundo en el que la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mi prójimo humano, o los deberes del ciudadano, o la llamada de Dios, o alguna otra cosa de este tenor tiene una importancia que es crucial, puedo yo definir una identidad para mí mismo que no sea trivial. La autenticidad no es enemiga de las exigencias que emanan de más allá del yo; presupone esas exigencias”. Charles Taylor. “Horizontes ineludibles” en Ética de la autenticidad, Barcelona, Paidós, 1994.

Cuestionario

1. ¿Por qué vivir es convivir? 2. ¿Podemos adquirir una identidad solos? 3. ¿Por qué construimos nuestra identidad dialógicamente? 4. ¿Qué no debemos olvidar cuando usamos a los demás para nuestros fines? 5. ¿Y cuando los imitamos? 6. ¿Podemos dialogar con los muertos?, ¿En qué sentido? 7. ¿Cómo y cuánto influyen los demás en mis gustos? 8. ¿Cómo define George H. Mead el carácter moral? ¿Qué es necesario para ser persona? 9. ¿Qué son el egocentrismo y el narcisismo¿ ¿Son buenos? 10. ¿Qué requisitos atribuye Taylor a nuestra realización personal? 11. ¿Puede ser mi gusto el criterio de lo justo? 12. ¿A qué nos condena el individualismo? Ponga ejemplos. 13. ¿Qué afirma el “relativismo blando” que denuncia Taylor? 14. ¿Son todas las opiniones respetables? 15. ¿Podemos reclamar derechos sin aceptar actitudes y costumbres comunes? ¿Por qué no? 16. ¿Valen las cosas sólo porque yo las elija? 17. ¿Puedo ser libre sin aceptar las exigencias de la comunidad, la naturaleza y la historia?  


[1] Egocentrismo y narcisismo son formas exageradas y perversas de exaltación y admiración de la propia identidad o personalidad asociadas al desprecio de los demás.


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Quién soy yo

escrito el 30 de marzo de 2010 por en General

CONSCIENCIA E INCONSCIENTE

La pregunta “qué soy yo” debemos hacerla a los físicos y a los químicos, pues nuestro cuerpo está hecho de materia, de agua fundamentalmente; también a los biólogos, pues somos una forma de vida entre los millones (plantas, hongos y animales) que pueblan la tierra.
Pero la pregunta más difícil de contestar es quién soy, o sea, la pregunta por el ser personal con nombre propio, apetitos, caprichos, deseos, emociones, sentimientos, pasiones, recuerdos, imágenes, fantasías, ideas, ideales, proyectos y frustraciones…
Soy una mente, un alma, un espíritu. Pero ¿qué hay en estas cosas, que no son cosas, pues no se pueden tocar, ni oler, ni mirar? Soy una intimidad , la forma más interior y permanente de este cuerpo, en que se condensan, amontonan y organizan sensaciones, datos y representaciones, en que se organizan signos y símbolos.
Me constituye el lenguaje: el que entiendo, el que hablo, el que uso para reflexionar o hacer planes… Pero mi mente no habla el mismo lenguaje cuando está despierta que cuando está dormida. Por eso, los psicólogos (quienes estudian la mente y la conducta humana) distinguen entre la consciencia y el inconsciente.
El yo y la vida consciente son un brote tardío de la evolución de la vida inconsciente.
¿Tienen consciencia los animales? En cualquier caso, menos que nosotros. Es difícil atribuir a los animales sentimientos de culpa, intenciones malvadas o placeres estéticos.
Puede que la forma original del yo fuese una conciencia de grupo, vinculada a lazos afectivos, de apego. La vida y el alma existieron antes que el yo, como un inmenso océano sobre el que el yo logra mantenerse a flote, como si fuese un náufrago o una frágil embarcación. Ese abismo oceánico nos absorbe durante el sueño; los neuróticos no paran de achicar agua para no hundirse en su fondo, los psicóticos pueden sufrir cómo ese barco del yo se parte en dos o en más partes.

SUEÑO Y VIGILIA

Responda a las siguientes preguntas:
1. ¿Cuál es su primer recuerdo infantil?
2. ¿Cuál es su mayor dificultad actual?
3. ¿Cuál es su mayor temor?
4. ¿Qué imágenes o situaciones afloran más frecuentemente en sus sueños?
5. ¿Qué haría usted si no tuviera esa dificultad?


Al contrario que la de nuestro inconsciente, la memoria de nuestra consciencia sólo abarca la experiencia que se extiende a unos pocos decenios y se apoya en la memoria individual. La conquista de la conciencia es la conquista más grande de la humanidad pero también supone una dura carga. Debe estar en armonía con las necesidades de la vida inconsciente, y esto no es fácil. Las exigencias de la vida consciente siempre suponen el control y represión de ciertas tendencias primitivas.
Para el psicólogo Jung, armonizar la vida consciente con la inconsciente exige reflexionar sobre los propios sueños, para volver a uno mismo, al “alma inconsciente y única de la humanidad”. Jung pensaba que, además del sueño, la más poderosa y espontánea de todas las actividades espirituales es la actividad religiosa, “mucho más arraigada en el hombre moderno que la sexualidad o la adaptación social”.
La conciencia es intermitente, discontinua, sólo ocupa entre la mitad y dos tercios de la duración de la vida humana. De hecho, son pocos los momentos en que se es realmente consciente.

HIJOS DE LA PENURIA

El yo integra la percepción de la posición que ocupa el cuerpo en el espacio y el tiempo, las sensaciones de frío, calor, hambre…, la percepción de los estados afectivos (tristeza, alegría, vergüenza, rabia…), y una enorme masa de recuerdos.
Jung pensaba que el elemento esencial es el estado afectivo, y por eso la conciencia del yo es más aguda e intensa cuando estamos dominados por una pasión o un afecto. Es posible que la conciencia naciera de un afecto doloroso, de un golpe en la cara, de un hecho inesperado o del choque con alguna costumbre.
En efecto, con la costumbre y familiaridad, nuestros placeres y gratificaciones pierden su intensidad y sus “cualidades maravillosas”, se disipan gradualmente y después se marchitan en la preconciencia. Eso explica por qué somos psicológicamente inconscientes de nuestra buena suerte actual o por qué sólo apreciamos la salud o el agua cuando nos faltan.
Nuestra experiencia consciente del dolor predomina sin duda sobre la del placer. “Dolores, privaciones, quejas, frustraciones y refunfuños fuerzan su camino hacia la conciencia mucho más prestamente que nuestras gratificaciones” (Abraham Maslow). O sea, que la consciencia del dolor y la desgracia es más intensa y clara que la del placer y la felicidad. El bienestar nos “atocina” y entontece, mientras que el dolor nos despabila. Como si la conciencia no hubiese sido, al menos en su origen, sino un mecanismo para luchar contra la carencia y el desequilibrio. El sufrimiento es hijo de la penuria, pero del dolor procede la conciencia.
La definición hedonista y mediática de la felicidad como placer y seguridad es falsa, ya que la felicidad real implica necesariamente riesgos y dificultades… Esto está muy bien expresado en la siguiente fábula de Juan Eugenio Hartzenbusch:

“LA PENA Y EL PLACER
Después de haber andado
el placer de la pena separado,
Júpiter, para dar a los mortales
porción igual de bienes y de males,
hizo ante sí venir al par opuesto.
Eran entrambos del estado honesto:
Júpiter, pues, con ocasión tan buena,
va y al placer le casa con la pena.
No se ha visto por vivos ni difuntos
matrimonio mejor: siempre van juntos.

 

Aviso a quien leyere:
tema quien goce; quien padezca, espere.”

En efecto, sólo aprecia plenamente una gratificación quien ha experimentado previamente un periodo de frustración y de anhelo, como goza el que bebe agua después de haber sufrido mucha sed. Es afortunado quien ama a los miembros de su familia y a sus amigos, o tiene hijos con los que llorar a causa de sus problemas, aunque eso signifique inevitablemente preocuparse, velar por ellos, y sufrir todo su dolor, además del propio. La conciencia, incluso la conciencia de la propia felicidad, es hija del sufrimiento. Quien sabe lo que es sufrir, fácilmente es consciente también del dolor ajeno, y por eso se muestra compasivo con su prójimo.

Beethoven se torturaba con su música. Sin embargo, ¿quién no quisiera ser un Beethoven? O, de forma más general, ¿quién renunciaría al privilegio de crear música eterna a causa del dolor transitorio de la creatividad? Después de todo, es posible evitar todos los problemas de la vida, vivir una existencia de tranquilidad y paz semejante a las vacas, sin ninguna dulzura de ningún tipo. Esto puede realizarse fácilmente con una lobotomía prefrontal o ingiriendo continuamente alcohol, narcóticos o tranquilizantes”. Maslow. “La psicología de la felicidad”, 1964.

DISFRUTAR CON LOS PROBLEMAS

Así pues, debemos aprender a disfrutar de las “miserias de la vida superior”, la vida de la consciencia, los dolores del parto, del desamor y de la creatividad, afrontar y tomar como un desafío los problemas reales (no los falsos problemas o los temores imaginarios), con la seguridad de que su resolución nos proporcionará una felicidad y una satisfacción de la que jamás podrá gozar ningún animal. Exagerando tal vez, el gran filósofo John Stuart Mill dijo una vez que él prefería ser desgraciado como un ser humano a ser feliz como un cerdo.
En cualquier caso, la vida personal, al contrario que la vida animal, es un continuo problema. La consciencia debe elegir, incluso si no elige, ya elige. Y cuando uno o una toman una decisión, corren, claro, el riesgo de equivocarse. Por eso se ha dicho que el hombre, al contrario que el animal, no tiene vida, sino que ha de hacerse una biografía. Yo soy lo que hago conscientemente, lo que decido ser, o sea, mi biografía.
Pero vivir, para los seres humanos (animales políticos por excelencia) es convivir, el yo no es nada sin el , sin el nosotros. Sin los otros, que aceptan mis requerimientos y ponen en cuestión continuamente al yo, que corrigen mis puntos de vista y limitan mis pretensiones, el yo se diluye en el aburrimiento, la soledad, la locura, el vacío vivencial o una vida idiotizada.
Preocuparse de algo que valga la pena es, ciertamente, mucho mejor que no tener nada ni nadie de qué o quién preocuparse.

OLVIDARSE DEL YO (¡QUÉ ALIVIO!)

Por ejemplo, preocuparse de algo fuera de uno mismo significa olvidar el yo. Esto es en sí mismo un agradable estado de conciencia. “No tener nada fuera de uno mismo que suscite el interés, la pasión o la preocupación significa estar simplemente adormecido en el regazo del propio ensimismamiento, que puede ser el estado emocional más infeliz de todos” (Maslow).

CUESTIONARIO DE ADLER
Si ha respondido usted al cuestionario de más arriba, ahora podrá reflexionar sobre sus respuestas. Se trata del cuestionario de Adler, un famoso psicóanalista.
Su respuesta a la pregunta 1 muestra cuál es su punto de vista, si su actitud en general es activa o pasiva, bloqueada o abierta, competitiva o resignada.
La respuesta a 2 expresa la orientación actual de su carácter, índice inequívoco de su predisposición neurótica. La 3, la orientación hacia el futuro del sujeto, el sentido de sus expectaciones. EL análisis onírico de 4 refiere a la exploración del inconsciente, no tanto de lo reprimido cuanto de las dificultades y amenazas que se sienten como reales.
Por último, la pregunta de las tres ws. (en alemán: Was würden Sie machen, wenn…) descubre las verdaderas tendencias del sujeto, pues si las dificultades y temores (2., 3.) fuesen irreales, al imaginar que han cesado puede el sujeto manifestar deseos profundos y no neurotizados. Adler recomendaba a sus pacientes que orientasen su comportamiento de acuerdo con la respuesta a esta quinta pregunta.


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El cortejo humano

escrito el 24 de marzo de 2010 por en General

Cuando éramos pequeños, depositábamos una confianza ilimitada en nuestra madre, en nuestro padre, en nuestros abuelos. Con el tiempo, la confianza ciega es reemplazada por una actitud de alerta, y la dependencia es sustituida por la interdependencia.

Con la llegada de la pubertad, el contacto corporal con los padres se restringe. Las hijas ya no quieren jugar con los padres, y los hijos evitan el contacto con las madres. El adolescente exige reserva. Si el mensaje del niño pequeño decía “agárrame fuerte”, y el del muchachito “a ver si me tumbas”, el mensaje del adolescente es: “déjame solo”. En la adolescencia, los jóvenes tienden a aislarse y a convivir con su familia como si fueran extraños.
Es la señal para un segundo nacimiento, una salida del claustro familiar, que puede ser larga, difícil y dolorosa. Los jóvenes amantes se volverán a decir, como el niño, “agárrame fuerte”, hasta que se forma un fortísimo lazo afectivo con otra persona de distinta sangre. Para reforzar la fuerza de este lazo, el mensaje “agárrame fuerte” se amplía con “y no me sueltes”. Cuando los amantes forman una nueva unidad familiar, acaba esa repetición de la niñez.
Al contrario que el mono, el hombre adulto puede recuperar en la pareja la intimidad de que disfrutó siendo niño. El lazo que establece con ella es mucho más que una simple asociación, son más que socios, los cónyuges quieren compartirlo todo: están enamorados.
El cortejo humano, o sea, las pautas de aproximación sexual que dan lugar al emparejamiento (y apareamiento) es el más largo de la naturaleza. Sus principales etapas han sido resumidas por el famoso etólogo Desmond Morris:

1. Mirada al cuerpo
2. Mirada a los ojos
3. Intercambio vocal
4. “Hacer manitas”
5. El brazo en el hombro
6. El brazo en la cintura
7. La boca en la boca: el beso
8. La mano en la cabeza
9. La mano en el cuerpo
10. La boca en el pecho
11. La mano en el sexo
12. El sexo en el sexo

El proceso puede requerir cierto arrojo (que supere su propio pudor) y mucha perseverancia por parte del varón, según la juventud, el pudor, la prevención o la timidez de la hembra, y el proceso de galanteo puede ser interrumpido en cualquier momento por alguno de sus miembros que siente o descubre que el otro “no le conviene”, no le enamora lo suficiente como para comprometerse con él para siempre. Pues en efecto, uno no se enamora para un fin de semana o para un mes…, sino que el amor aspira a la eternidad.
En este contexto, resulta particularmente significativa la frase de J. A. Marina: “la prisa mata la ternura”, pues la prisa y la ansiedad compulsiva del consumidor pueden impedir que las emociones y los sentimientos establezcan su propio ritmo de descubrimiento y satisfacción. La habituación al otro, a quien vamos a hacer ofrenda de lo más íntimo, requiere paciencia y tiempo.
Pero la vida moderna acelera nuestros ritmos y provoca con ello, muchas veces, el fracaso de la aproximación y otros efectos engañosos. La forma más extremada de acortamiento de este proceso, que debería ser siempre respetuoso, lento y cuidadoso, es la violación, el ayuntamiento por la fuerza. Mediante la violencia, el varón bárbaro o desesperado se evita las labores del cortejo y pasa al contacto genital con toda la rapidez que permite la resistencia de la hembra. Considerada objetivamente, a parte de un grave delito contra la dignidad de las personas y el derecho inalienable de la hembra a decir no, la violación es una relación insatisfactoria a la que faltan dos ingredientes esenciales: el erotismo y la formación de pareja, o sea, la formación de un vínculo afectivo positivo.

Las relaciones sexuales humanas han estado cargadas siempre de sensualidad y erotismo. El cuerpo humano ha evolucionado también para hacerse atractivo sexualmente (sex appeal), y el instrumento principal, simbólico, de esa llamada es el lenguaje. Don Juan Tenorio es sobre todo un poeta. Trovadores y poetas han cantado siempre el amor (lirismo) y han celebrado en todas las épocas sus idilios y fracasos amorosos.
El erotismo, el arte del amor (Ars amandi), explota el sentimiento, pero es también un refinamiento cultural, una estilística histórica para la aproximación entre los sexos, una poética que crea obras sublimes y comportamientos corteses y galantes, a partir de la fuerza ciega del instinto. El erotismo es también una metafísica con una mitología propia, asociada a lo divino, a lo sagrado.
Safo, Platón, Ovidio, Ibn Hazm, Marsilio Ficino, León Hebreo, Giacomo Casanova, Anaïs Nin… han sido grandes maestras y maestros internacionales del erotismo, que no hay que confundir con la pornografía: un tipo de prostitución iconográfica.
He aquí un hermoso ejemplo de refinado erotismo, procedente de El collar de la paloma, del cordobés Ibn Hazm (994-1093).

El verdadero amor no nace en una hora,
Ni da fuego su pedernal siempre que quieres,
Sino que nace y se propaga despacio,
Tras larga compenetración que lo afianza;
Entonces no pueden acercarse a él abandonos ni menguas,
Ni pueden acercarse a él abandonos ni menguas,
Ni pueden alejarse de él firmezas y aumentos.
Confirma esto el que vemos que todo
Lo que se forma presto también perece en breve.
Yo soy una tierra dura y predegosa,
Reacia e insumisa a toda vegetación;
Pero si algunas plantas afincan sus raíces,
No han de cuidarse de que abunden las lluvias de primavera.

Comentario y cuestiones
1. Relacione lo que dice el poeta con la longitud del cortejo humano.
2. ¿Puede uno enamorarse de golpe? ¿Cree usted en el “flechazo”?
3. ¿Por qué es imprescindible el galanteo?
4. ¿Es lo mismo el enamoramiento que el amor?
5. ¿Qué diferencia hay entre el apareamiento de otros primates y el emparejamiento humano?
6. ¿Por qué dice el poeta que “su tierra” no necesita lluvia para florecer?
7. Ha intentado usted escribir alguna vez un poema de amor.
8. ¿Por qué cree usted que el cortejo humano es tan largo y complejo?
9. Comente la frase de Hegel: “la verdad del amor son los hijos”.
10. Comente los siguientes textos:

  • “Amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos egoísmos” P. Auguez.
  • “El cortejo sirve no solo para estimular la conducta sexual de la pareja, sino también para suprimir las tendencias antagónicas, esto es, conductas de agresión o de fuga” N. Tinbergen (Premio nobel en 1973).


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Conócete a ti mismo o a ti misma

escrito el 14 de marzo de 2010 por en General

TEST DE TEMPERAMENTO

Cuantifique de 0 a 1 el grado en que considera que tiene estas cualidades:

A)                                                                      B) 

Extrovertido/a:                                             Extrovertido/a

Inestable:                                                         Estable:       

Iracundo/a:                                                   Pusilánime:

Sarcástico/a:                                               Voluble:                  

Impaciente:                                                   Indisciplinado/a:

Prepotente:                                                    Impulsivo/a: 

Intolerante:                                                       Inseguro/a:

Vanidoso/a:                                                     Egocéntrico:

Autosuficiente:                                              Ruidoso/a:

Insensible:                                                       Exagerado/a:

Astuto/a:                                                          Temeroso/a:

Enérgico/a:                                                     Comunicativo/a:

Decidido/a:                                                      Popular/a:

Independiente:                                               Entusiasta:

Optimista:                                                       Afable:

Práctico/a:                                                     Simpático/a:

Resuelto/a:                                               Buen compañero/a:

Líder:                                                               Comprensivo/a:

Audaz:                                                             Crédulo

Suma……                                                    Suma……

C)                                                                     D)

Introvertido/a                                            Introvertido/a:

Inestable:                                                      Estable:

Egoísta:                                                         Calculador/a:

Retraído/a:                                                   Temeroso/a:

Pesimista:                                                      Indeciso/a:

Fantasioso/a:                                                Pasivo/a:

Confuso/a:                                                   Desconfiado/a:

Antisocial:                                                   Pretencioso/a:

Crítico/a:                                                         Fiable:

Vengativo:                                                  Pensativo/a:

Rígido/a:                                                     Desmotivado/a:

Habilidoso/a:                                                Sereno/a:

Minucioso/a:                                              Tranquilo/a:

Sensible:                                                      Cumplidor/a:

Perfeccionista:                                            Eficiente:

Esteta:                                                          Conservador:

Idealista:                                                         Leal:

Cuidadoso/a:                                               Práctico:

Sedentario/a:                                             Diplomático/a:

Suma…….                                                         Suma….

TEMPERAMENTO, CARÁCTER Y PERSONALIDAD

Por “temperamento” entendemos nuestro modo natural de ser, es decir, el conjunto de disposiciones que hemos heredado de nuestros antepasados, como el color de los ojos o la forma y tamaño de los pies. Nuestras aptitudes innatas no son definitivas, sino tan sólo propensiones a comportarnos de esta o de aquella manera, con desenvoltura o timidez, desparpajo o azoramiento, pero no nos obligan necesariamente a ello. Nuestro temperamento puede y debe ser modelado, contenido, rectificado y desarrollado por la cultura y la educación.

Nadie es mejor o peor (en el sentido moral) porque tenga tal o cual modo de ser que le ha venido dado e impuesto por la naturaleza o la herencia. No elegimos cómo o donde nos nacen. Así que no hay el menor mérito o demérito personal en ello. Nuestros padres, en primer lugar, las personas que nos son cercanas, así como los educadores profesionales nos ayudan a contener nuestros impulsos, adaptándolos a las necesidades de la vida familiar y social o a lo que se espera de nosotros en un determinado entorno cultural.Reflexión Pero, al final, también importan nuestras decisiones, nuestro esfuerzo y empeño en mejorar o empeorar.

A las cualidades naturales se añaden, con esfuerzo, mediante el ejercicio prolongado en el tiempo  -y la educación del ser humano puede durar toda la vida-, costumbres, hábitos, actitudes adquiridas. Además, en un tercer escalón o nivel, están las costumbres que elegimos, buenas o malas, virtudes o vicios, como la costumbre de hacer deporte o la mala costumbre de fumar, el hábito de dar las gracias o el de amenazar, el de ser diligente o impuntual.

Al conjunto de actitudes aprendidas y voluntarias les llamamos carácter. Puesto que podemos cambiar, mejorar o empeorar nuestro carácter, somos responsables de sus cualidades o defectos, y nuestro carácter es susceptible de calificación moral. Por eso, podemos decir que fulanito o menganita tienen un carácter agrio o gruñón, amable o enérgico, encantador o desagradable, son legales o informales… 

Al conjunto integrado de aptitudes y actitudes le podemos llamar personalidad. Uno de los problemas más difíciles de resolver es el de integrar armónica y coherentemente lo que somos por naturaleza, con lo que se nos pide que seamos o nosotros mismos queremos ser: lo que nos da gusto hacer con lo que debemos hacer; no es fácil juntar nuestros caprichos y deseos con las exigencias y obligaciones que nos impone el orden social, pues éstas pueden contravenir aquellas. O sea, que desgracidamente, mi gusto no es siempre lo justo. Hacer lo justo, lo que debo, me disgusta a veces. De que consigamos armonizar el querer y el deber, hallando gusto en lo que tenemos que hacer, depende en gran medida el equilibrio y felicidad de nuestra vida.

La adolescencia es precisamente la etapa de la vida en que construimos una personalidad. Por eso tiene una gran importancia que durante la primera juventud desarrollemos buenas costumbres, pues luego, una vez consolidado el carácter, nos será muy difícil modificar sus hábitos. Es lo que pasa con un arbolito, podemos rectificar su crecimiento añadiéndole lo que los jardineros llaman un “tutor” mientras es joven y tierno, pero es imposible hacerlo, si ha crecido torcido, una vez se ha endurecido su madera.

 “No se pueden pedir peras al olmo”, así que es muy importante que sepamos qué y quiénes somos para poder construir sólidamente nuestra personalidad sobre las necesidades anímicas de nuestro ser natural y sobre las posibilidades reales de nuestras disposiciones innatas. Es importante, por ejemplo, que reconozcamos nuestras inclinaciones sexuales, sean homosexuales o heterosexuales, pues es muy difícil que “Salamanca preste lo que Naturaleza no da”. Sobre todo, debemos reconocer cuáles son nuestras limitaciones y dificultades naturales, si no queremos diseñar erróneos proyectos de vida, condenados de antemano al fracaso y la frustracción.

Algunos siglos después del nacimiento de la ciencia con Tales de Mileto (s. VII-VI a. C.), el discípulo y colaborador del gran filósofo Aristóteles, Teofrasto (n. h. 372 a. C.) ya hizo un esfuerzo por clasificar los principales “caracteres” humanos. La psicología actual recoge cuatro clases de temperamentos comunes: colérico (A), sanguíneo (B), melancólico (C) y flemático (D), a los que se atribuyen una serie de condiciones innatas como las que aparecen en el test con que se inicia esta entrada. Si usted ha resuelto con sinceridad el citado test, podrá saber qué temperamento le corresponde por naturaleza. Desde luego, no existen temperamentos “puros”, nadie es un “perfecto” colérico, ni un perfecto melancólico, ni siquiera sería deseable moralmente que fuéramos tal cosa. Pero el conocer cuáles son nuestros impulsos dominantes nos puede ser muy útil para moderarlos o desarrollar otras cualidades que equilibren nuestra personalidad final. De que lo hagamos bien dependerá nuestra fortuna en la vida.

¿Qué hacer para conocerse a sí mismo o a sí misma?

He aquí algunas indicaciones para resolver este difícil problema que quizá nunca podamos resolver del todo.

1. Prestar atención durante algún tiempo a lo que se siente, se piensa y se hace en relación a algún tema o problema que a uno le preocupa y sobre el que tal vez convenga hablar con otra persona. Sea sincero consigo mismo respecto a lo que siente, piensa o hace. Confiésese sin el menor pudor, a sí mismo, sus verdaderos sentimientos. No hay emociones ni sentimientos buenos o malos en sí, todo depende de lo que hacemos con nuestros afectos y desafectos, con nuestras filias y nuestras fobias.

2. Intente reconocer con el mayor detalle qué aspectos del tema o problema han provocado sus sentimientos, opiniones y comportamientos. Hable consigo mismo procurando no engañarse. No hay peor obstáculo para el autoconocimiento que instalarse en la mentira o creerse uno sus propias fantasías.

3. Piense cómo podría denominar y describir sus sentimientos, en las distintas razones que respaldan o fundamentan sus opiniones. Describa por escrito su comportamiento en relación al tema o problema que está considerando. Confiésese en todo momento la verdad. Confíe en sí mismo.

4. Imagine la mejor manera de explicar lo que siente, piense o haga sobre el problema que está reflexionando a la persona que considere oportuna.

¿Es posible el autoconocimiento?

Escriba su opinión a propósito de la siguiente afirmación: “Mira yo actúo y hablo sin pararme a pensar, nadie sabe de verdad lo que piensa, nadie en realidad puede saberlo. Además cuando empiezas a preguntarte lo que opinas no dejas de crearte problemas inútiles”.

Indagación autobiográfica: utilidad del diario

Escriba su opinión sobre el siguiente texto: “Pienso en lo confuso de los motivos que impulsan a llevar un diario y a perseverar en él. No sé si alguien alguna vez se ha propuesto desnudarse sobre el papel enteramente y para sí, aunque lo dudo. Yo empecé con este cuaderno para adiestrarme a escribir en prosa, pero muy pronto descubrí en él -y no creo ser ni mucho menos un caso insólito- un instrumento de control de mí mismo, un modo de ponerme un poco en orden y también de moverme hacia actitudes que por imperativos de orden intelectual o moral creo que debo adoptar”. Jaime Gil de Biedma.

¿Tienen los animales biografía o sólo vida? ¿Y los seres humanos? ¿Por qué?

Autoestima

Nadie nace tan limitado que no pueda desarrollar alguna aptitud positiva. Para Aristóteles, el amor a sí mismo, a lo mejor de uno mismo, es condición de la amistad, pues nadie que no se quiera bien a sí mismo puede ser respetado y amado por otros.

¿Qué le parece esta opinión? ¿Puede ser el exceso de autoestima tan malo como su falta? La aceptación de las propias limitaciones y defectos, ¿es o no es una condición para superarlas? ¿Debemos de aceptarnos como somos o debemos hacer un esfuerzo por mejorar nuestra personalidad? Elabore una tabla con las inclinaciones o aptitudes que debe usted moderar y contener, y  otra con las que debe desarrollar. Puede usar para ello las características que aparecen en el test que ha rellenado.

Comente el siguiente texto: “Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros” Eric Fromm. Ética y psicoanálisis, FCE, 1969. 

Animus y anima

Una parte importantísima de nuestra personalidad está constituida por el papel masculino o femenino que interpretamos. Somos seres sexuales y sexuados. Este papel está muy determinado por el sexo (género físico) con que nacemos, pero también por los modelos de masculinidad y femineidad de la sociedad en que crecemos. 

El famoso psicólogo Jung pensaba que en realidad todos nosotros somos bisexuales por naturaleza. En efecto, cuando fuimos embriones y fetos, poseímos órganos sexuales indiferenciados. Gradualmente, bajo la influencia hormonal, nos volvimos machos y hembras, aunque también, raramente, nazcan hermafroditas (seres humanos con dos sexos). De la misma manera, cuando empezamos nuestra vida social infantil, no somos masculinos o femeninos en sentido social. Casi de inmediato (tan pronto como nos pongan botitas azules o pendientes), nos desarrollamos bajo la influencia social, la cual gradualmente nos convierte en hombres y mujeres, no sin resistencia, a veces.

En todas las culturas, las expectativas que recaen sobre los hombres y las mujeres difieren. Por supuesto, todas están montadas sobre  el hecho biológico de la reproducción y nuestros diferentes papeles en la, pero también dependen de los usos y costumbres tradicionales, distintas de unas culturas a otras. En la actualidad aún retenemos muchos remanentes de esas expectativas tradicionales. Por ejemplo, esperamos que las mujeres sean más calurosas, más  sensibles y menos agresivas; que los hombres sean insensibles y fuertes, y que ignoren los aspectos emocionales de la vida. Pero Jung creía que estas expectativas significaban que sólo hemos desarrollado la mitad de nuestro potencial.

Para Jung, el anima es el aspecto femenino, presente en el inconsciente colectivo de los hombres y el animus es el aspecto masculino, presente en el inconsciente colectivo de la mujer. El anima puede estar representada (personificada) como una joven chica, muy espontánea e intuitiva, o como una bruja, o como la Madre Tierra. Usualmente se asocia con una emocionalidad profunda y con la fuerza de la vida misma. El animus puede personificarse como un viejo sabio, un guerrero o incluso como un grupo de hombres, y tiende a ser lógico y racionalista.

El anima y el animus son arquetipos (imágenes ancestrales) a través de los cuales nos comunicamos con el inconsciente colectivo, de cuyo primitivo vínculo depende la salud y armonía de nuestra alma. Es también el arquetipo responsable de nuestra vida amorosa. Como sugiere el mito de la “media naranja”, estamos siempre buscando nuestra otra mitad; esa otra mitad que nos complementa y de la que los dioses nos separaron violentamente.


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Habilidades para el diálogo

escrito el 3 de marzo de 2010 por en General

Muchos chicos y chicas de nuestro instituto no saben cómo dirigirse a sus compañeros o a los profesores, no saben cómo dialogar constructivamente o expresar clara, pacífica y educadamente, sus sentimientos y emociones, de ahí que los comuniquen mediante impertinencias, coces, insultos, manotazos, amenazas, imposiciones, exclamaciones e improperios. ¡De algún modo tienen que expresarlos!
Tal vez sea esto lo que ven muchas veces en la tele o escuchan en sus casas. En ciertos espectáculos televisivos, la gente amenaza, se difama, miente e insulta, pero “la sangre no llega al río”, todo es ficción y entretenimiento, y el Coyote resucita después de haberse reventado persiguiendo al Correcaminos: terrorismo íntimo, maltrato doméstico, acoso, violación, homicidio, asesinato… son tan frecuentes en el monitor que ilumina el  corazón de nuestros hogares, que hemos perdido la sensibilidad para la compasión, la piedad y el dolor. Tan habituados estamos a ver sufrir a otros que ya no nos afecta: “ese no es mi problema, tío”.
La generación anterior no ha sabido o no ha tenido tiempo para transmitir buenas formas y comportamientos piadosos a las nuevas generaciones. Se tolera lo intolerable y se confunde la igualdad con la anarquía, la tolerancia con la complicidad y la libertad con el abandono, bajo el lema general de “mi gusto es lo justo”. No me gusta tal o cual asignatura, luego no vale…
Sin embargo, también el estudiante joven es responsable de su propia formación, educación e instrucción. Nada importante se consigue sin esfuerzo. Tomando decisiones y llevándolas a efecto, uno se labra un carácter hecho de hábitos saludables y buenas costumbres, como dar los buenos días, pedir las cosas por favor, agradecer los servicios prestados, interesarse por el bienestar de los demás, etc.
Puntualidad, capacidad de concentración y atención, sentido del orden, laboriosidad, comprensión lectora, buena expresión oral y escrita, habilidades para la conversación inteligente y el razonamiento lógico no son cualidades que caigan del cielo, salgan mágicamente del ordenador o se improvisen. Uno debe ejercitarse en ellas durante largos años de aprendizaje. Requieren atención, tiempo y la aplicación de algunas reglas básicas.

Algunas reglas prácticas pueden ser útiles. Y sobre todo es imprescindible aplicarlas, porque, sin la restauración de los buenos modales y cierta elegante cortesía, el trabajo de instrucción educativa resulta imposible.

1. No des órdenes, pide las cosas por favor. Los profesores no son locutores televisivos que puedas borrar de tu pantalla con un mando a distancia. Tampoco son familiares tuyos, ni payasos que ganen dinero por divertirte o “motivarte”.
La recomendación general es que debes -o debe usted- tratarlos de usted, por cinco razones al menos: porque todavía no han comido en el mismo plato que usted, porque son sus mayores, porque saben más que usted y porque, además de sus padres, también las profesoras y profesores son responsables de su educación. Y sobre todo porque, al contrario que los demagogos y publicistas, ellos de verdad quieren tu bien. Aunque las verdades que te cuentan te molesten a veces, el profesorado no está empeñado en “comerte el coco”, sino en devolvértelo, en que no “te coman otros el coco”, en que seas dueño de ti mismo.

2. No se queje continuamente, nadie aprecia a los “quejicas” y todo el mundo prefiere estar y conversar con caracteres alegres y personas positivas.

3. Dé las gracias cuando le respondan a una pregunta, le faciliten un instrumento, le aclaren un problema, le concedan la palabra, le feliciten por su santo o cumpleaños, le deseen buena salud…

4. No mienta. La mentira es un delito de lesa humanidad. Respete la verdad, o lo que usted cree que es verdad, pues puedes estar equivocado y la verdad se dice de muchas maneras y admite distintas perspectivas. No afirme tajantemente sin pruebas ni razones. Porfíe si cree que está en lo cierto, pero no jure. No acuse a los demás, y no le atribuya delitos sin estar completamente seguro de que está en lo cierto. Es malo que un malvado cometa una atrocidad y quede impune (sin castigo), pero es mucho peor que un inocente “pague el pato” por lo que no ha hecho.
Sin el amor desinteresado a la verdad, no hay ciencia que valga.

No acuse de mentirosos a los demás ni exclame sin absoluta certeza “¡es mentira!”; preferible decir “no es  cierto”, resulta menos ofensivo, porque atribuirle la mentira a un semejante es acharle -como se ha dicho- un delito contra la humanidad.

5. Sea pertinente. No se salga del tema que se explica o discute, no se ande por las ramas ni se deje arrastrar por sus caprichos, ni se salga por “los cerros de Úbeda”. Procure referirse a cuestiones que sean de interés general. El instituto y sus autoridades académicas no tienen nada que ver con su vida privada, ni tienen por qué ajustarse a sus gustos, creencias y opiniones, así que no se enrolle demasiado.

6. Exprese correctamente sus puntos de vista. No improvise sus intervenciones y no se haga ni el tonto ni el sabio.

7. Respete los puntos de vista de los demás, particularmente de la profesora o del profesor, pues su perspectiva es más amplia y está mejor fundada en general que la de usted, tienen más experiencia y han dedicado una importante parte de su vida al estudio. No sea innecesariamente agresivo ni dogmático. Tampoco es bueno poner en duda cuanto a uno le dicen.

8. Mire a los interlocutores cuando hablan, escúchelos y présteles atención, si quiere a cambio que le presten la suya. Retenga sus argumentos y posiciones de modo que pueda luego recordarlos y usarlos, incluso para ponerlos en duda o criticarlos.

Ejercicios
1. Esquematice esas ocho reglas y complete con otras hasta diez.
2. Distinga las que aplica usted rutinariamente en su conversación de las que no.
3. Comente el dibujo que ilustra esta entrada.

Comentario de texto:

Del tú al usted 

     Hay un familiar, afectuoso y cálido, que nos llega en la voz del otro como una mano tendida hacia el corazón; pero hay otro agresivo, insolente, procaz y desconsiderado, que desafía la urbanidad y se cuela de malos modos en la conversación rompiendo las reglas del trato. ¿Es que ya no existe el usted? El usted no es una antigualla, como quieren hacernos creer los falsos igualitaristas del idioma.

    Al tratar de usted a una persona venimos a ofrecerle el presente de nuestra modestia y nuestra discreción al tiempo que mostramos respeto a su edad, su intimidad o su derecho a mantener distancia con nuestros usos y costumbres. Frente a la grosería del invasor, el usted es una forma civilizada de ese pacto social según el cual reconocemos la dignidad del otro. El tuteo arrojadizo, no pactado, es como un aviso de que a partir de ahí nos arrogamos el derecho de cometer cualquier desmán sobre la persona del tuteado, puesto que damos por hecho que en cierto modo nos pertenece.

    El malentendido proviene de un erróneo sentido de la llaneza, que no es sinónimo de democracia sino de aldeanería. Cuando a las primeras de cambio alguien se dirige a nosotros hablándonos de tú, conviene ponerse en guardia por si las moscas. No tardará en levantarnos la voz, en conminarnos a actuar según sus pautas de comportamiento, en curiosear impúdicamente en nuestra vida o en meterse hasta la cocina. No: el usted no es un fósil, sino todo lo contrario. Si la sociedad moderna y civilizada se sostiene en el respeto a la libertad ajena, la mejor forma de trabar conocimiento con los otros sin romper el acuerdo de la dignidad propia de cada uno es hablarle de usted. Luego, ya se verá.

    El único tolerable es el conquistado con el trato cordial, la demostración continua de afecto y buenos modos y el descubrimiento de una complicidad de gustos o intereses.

José María Romera. Juego de Palabras

Nota: Agradezco al artista Vicente Ballester Zaragozá el permiso de usar su dibujo como ilustración de esta entrada.


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Pudor y vergüenza

escrito el 27 de enero de 2010 por en General

The-Venus-DI-Medici
Por pudor se entiende la emoción o el sentimiento de malestar que nos produce la exhibición de lo que creemos debe mantenerse oculto o en secreto. En general, puede entenderse como el temor a la presencia o mirada ajena, o a exponerse a ella.
El pudor, que es un tipo primitivo de vergüenza, es un ejemplo interesante de cómo las costumbres definen el contenido de los sentimientos y emociones más genuinas. Los señores romanos no tenían el menor inconveniente en concertar negocios mientras compartían letrinas. En el siglo XVIII no era “educado” mostrarse desnudo ante personas de respeto, pero uno podía desnudarse delante de un criado sin sentir pudor.
Hubo un tiempo en que era indecente hablar de uno mismo; hoy, sin embargo, nadie parece sentir pudor en hacerlo, e incluso hay quien alega como mérito el haberse acostado con un “famoso” o una “famosa”… ¡sin el menor pudor! La mayoría de las mujeres de la generación de mi abuela no mostraban sus carnes al marido, ni siquiera en la intimidad. La cópula sólo estaba bien vista si se producía dentro del matrimonio, en el que alcanzaba carácter más sacramental que erótico, ¡a oscuras y a través del agujero del camisón!
En su Diccionario de los sentimientos (1999), escrito con Marisa López Penas, J. A. Marina distingue entre pudores masculinos y pudores femeninos. El pudor de los sentimientos se suele considerar masculino, mientras que el pudor corporal predomina en la mujer. Ártemis, diosa virgen, castigó a Acteón a ser devorado por sus propios perros por haber visto, ¡involuntariamente!, a la diosa mientras se bañaba. Es verdad que resulta difícil imaginarse a Apolo –hermano de Ártemis- tapándose el sexo con la mano como hace la Venus de Médicis.
Debemos respetar el pudor ajeno porque es un mecanismo natural de defensa y atracción. Protege la intimidad a la vez que revela su aprecio inalienable.
En efecto, sabemos desde antiguo que la técnica y el arte no resultan suficientes ni para sobrevivir, ni para vivir bien con dignidad y alegría, que nos es necesaria la vergüenza: por vergüenza evitamos hacer lo indebido, aunque nos guste; la vergüenza nos ayuda a aceptar el orden social y sus normas, aunque nos disgusten. Sin orden social no sería posible la armonía y cooperación entre personas diversas, que hacen posible el progreso de los humanos en nuestros pueblos y ciudades.
En un artículo aparecido en la prensa de los años 90, el filósofo Mario Bunge se preguntaba si estaría en decadencia la vergüenza. Antes la gente se avergonzaba de muchas cosas que hoy pasan por “naturales”. La gente se avergonzaba si contraía enfermedades venéreas, mientras que hoy los enfermos de Sida salen a la calle reclamando fondos para investigación o exigiendo que no se les discrimine. Homosexuales y lesbianas han ocultado durante muchos siglos sus preferencias sexuales (incluso a sí mismos), tanto por temor a las sanciones sociales como por pudor. Hoy celebramos el día del orgullo gay. Los pobres se avergonzaban de serlo; los parados, también. Hoy pensamos que no hay por qué avergonzarse si uno queda desocupado sin culpa. Las madres solteras se avergonzaban de serlo; hoy son muchas las mujeres que deciden voluntariamente la inseminación artificial para ser madres y criar a sus hijos solas.
shame
Los jóvenes hoy se avergüenzan de sus padres, de sus ropas, ideas y hábitos anticuados. Se avergüenzan de sacar la basura o separar los envases frente al contenedor, pero no se avergüenzan de pillar borracheras –próximas al coma etílico- en plena calle. Ningún buen padre, sin embargo, se avergüenza de sus hijos. Puede que les tengan lástima si no los ven felices, pero tienen que portarse muy mal para que se avergüencen de ellos. Los hijos pueden darse el lujo de ser intolerantes; los padres, no. La intolerancia de los hijos es parte de su proceso de emancipación, que a su vez es parte de su desarrollo. Los padres fueron los primeros maestros de su vergüenza: “¡Qué vergüenza, te has hecho pis en la cama!” “¡Qué vergüenza, todavía no has aprendido la tabla del cuatro!”
La vergüenza es un freno a la conducta antisocial y por lo tanto un mecanismo de convivencia y de cohesión social imprescindible. El propósito educativo ha de ser enseñar a avergonzarse por violar una buena norma de conducta, no por desobedecer una convención infundada. La desvergüenza tiene que hallar también sus límites. Para Mario Bunge, es preciso encontrar una vía media entre el avergonzamiento excesivo de las culturas tradicionales y la desvergüenza total de ahora, porque si el primer extremo paraliza, el segundo da rienda suelta al egoísmo y con éste a la disolución de los vínculos sociales.
La vergüenza resulta por ello una emoción imprescindible, que está en la base de la urbanidad y las costumbres civilizadas. Por eso llamamos “sirvengüenza” al que carece de escrúpulos morales, al que busca su propio bien de modo egoísta, sin importarle para nada el bien común, lo que conviene a todos los demás.
El pudor en las relaciones sentimentales y amorosas es una emoción ambigua, por una parte, manifiesta una reserva pero, por otro lado, en sus expresiones faciales, estimula el acercamiento y hace más atractivo/a a quien lo sufre, muchas veces sin quererlo ni darse cuenta…
Ya lo dice la canción: “Aunque parezca mentira/ me pongo colorada/ cuando me miras/ me pongo colorada…”

Cuestionario
1. Distinga el pudor y la vergüenza y sus síntomas físicos.
2. ¿Qué relación guarda el pudor con el temor o con el miedo?
3. ¿Cambian los pudores con el tiempo histórico y con la edad? Ponga ejemplos distintos de los que ofrece el texto.
4. ¿Cree usted que hay pudores masculinos y pudores femeninos?
5. ¿Cree que son vergonzosas las enfermedades venéreas?
6. ¿Cree que hay que avergonzarse por sentir inclinaciones homosexuales?
7. ¿Es vergonzoso ser madre soltera?
8. ¿Por qué son necesarios la vergüenza y el pudor?
9. Explique cuál es el signicado ético de la palabra “sinvergüenza”. Ponga ejemplos.
10. ¿Cree usted como Mario Bunge que está en decadencia la vergüenza?
11. ¿Por qué sienten vergüenza los hijos de los padres? ¿Y los padres de los hijos?
12. ¿Cómo debemos contralar educadamente la vergüenza?
13. Dibuje una tabla con conductas que deberían avergonzarnos y con otras que no.


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Igualdad y diferencia

escrito el 11 de enero de 2010 por en General

Los seres humanos no somos iguales por naturaleza. Nacemos más bajos o más altos y nuestras disposiciones y aptitudes son distintas, según nuestro biotipo y nuestro temperamento, según el “oscuro azar de los genes”. Además, a unos los nacen en pesebre de oro y a otros en un establo. Como ha explicado J. A. Marina, en nuestra personalidad heredada debemos integrar nuestra personalidad aprendida (muy dependiente del ambiente familiar, el acceso a la instrucción, los Medios masivos de comunicación…) y a todo eso hay que añadir -lo más decisivo y creativo- nuestra personalidad elegida, que libremente nos imponemos a nosotros mismos con esfuerzo y ejercicio: lo que somos porque queremos libremente serlo.
Integrar armónicamente estas tres dimensiones de nuestra personalidad es tarea ardua, urgente e importante, porque de que lo consigamos -nunca del todo- depende en gran medida nuestro bienestar y felicidad.
Hombres y mujeres; machos, hembras o hermafroditas; nuestros cuerpos y cerebros son también distintos, diferentes. El alma femenina no siente ni piensa como la masculina. ¡Y viva la diferencia! No hay que confundir estas diferencias con una diferencia de dignidad o valor, ni usarlas como pretexto para la discriminación social o política. Hombres y mujeres debemos ser tratados iguales ante la ley, y es exigible que al mismo trabajo corresponda la misma retribución.
Asimismo, en una realidad social en que las mujeres acceden -muchas veces por necesidad y no de grado- al mercado de trabajo, es también razonable que la dedicación a las tareas domésticas, tan útiles y valiosas como mal consideradas a causa de prejuicios muy enraizados, y peor retribuidas, se negocien y compartan.
Es evidente sin embargo que las disposiciones para ciertas tareas son distintas a causa de la evolución natural (filogenia) de nuestra especie. Es evidente que durante miles de años fueron los varones quienes cazaron o hicieron la guerra, y las mujeres quienes recolectaron o cuidaron del hogar y de la primitiva educación de los hijos. Y es útil que tengamos en cuenta estas diferencias, al menos como propensión natural, hecho histórico o probabilidad estadística.
A continuación, un cuadro sobre tareas que, en general, realizan mejor y peor los hombres y las mujeres.

Igualdad dignidad diferentes disposiciones

Igualdad dignidad diferentes disposiciones

Cuestionario

1. Los hombres y las mujeres, ¿nacemos iguales? 2. Distinga entre personalidad heredada, aprendida y elegida? 3. ¿Heredamos la sexualidad, y el género? 4. Por qué es importante que las tres personalidades, así como el temperamento innato y el carácter adquirido, armonicen? 5. ¿Hay personas que tienen sexo masculino y género femenino? ¿Y sexo femenino y género masculino? 6. ¿Qué es un hermafrodita?, ¿y un andrógino? 7. ¿Son iguales la mente masculina y la femenina? 8. ¿En qué deben ser iguales los varones y las mujeres? 9. ¿Qué tareas realizan en general mejor las mujeres que los varones? 10. ¿Qué tareas realizan en general peor? ¿Cuál puede ser la causa? 11. ¿Cree usted que las mujeres sólo sirven para estar en casa? 12. ¿Deben los varones hacerse cargo de tareas domésticas? 13. ¿Deben las mujeres trabajar fuera de casa o buscar un trabajo retribuido?


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Alma

escrito el 1 de diciembre de 2009 por en General

A la pregunta de si tienen alma o saben qué es, bastantes de mis alumnos de 2º de ESO responden que no saben si tal cosa existe y mucho menos qué es. Perplejidad.

Tengo en Cambios Sociales al alumnado que huye de los rigores de Francés y Métodos de la ciencia, las otras optativas que oferta mi centro, no son en general los mejores estudiantes…, pero ¿será posible que nadie les haya hablado nunca del alma! Los misterios de Psique y Eros les son del todo indiferentes, misterios del alma, naturalmente. ¿Será que no creen que exista porque no la han visto en la tele?

Muchos reconocen que les importa más el aspecto externo del cuerpo (look) que el estado del alma. No se percatan de que la salud del cuerpo depende directamente del estado de la mente. No saben que las ideas y los ideales tienen potencia causal. Esperan la salvación del coche tuneao, la cosmética, la cirugía estética y otros simulacros, a pesar de que sospechan ya que el cuerpo muere, se desintegra, es polvo, es nada.

Otros se acercan a la vaga noción de alma a través de la magia, o de un vago sentimentalismo, “alma” les suena a religión y “esos rollos”…

Recuerdo una advertencia de Julián Marías: “Si esta palabra [alma] desapareciera de nuestro uso vivo,  se nos cerraría la comprensión de una fracción impresionante de la literatura, del pensamiento religioso, de lo que ha sido la vida real y el lenguaje humano durante milenios. Se dirá que bajo esa expresión se han ocultado demasiadas cosas diferentes y no muy claras; pero eso no disminuye su interés, sino más bien al contrario: con esa voz se ha señalado, se ha apuntado a algo que “está ahí”, que se adivina, se vive, con lo cual se cuenta; y si nos privamos de la palabra [alma], lo más probable es que perdamos de vista eso latente que tanto ha importado y quedemos súbitamente empobrecidos y condenados a un inquietante primitivismo”. La Educación Sentimental, Alianza, Madrid, 1974.

Recuerdo también el homenaje de Antonio Machado a la muerte de su maestro de maestros: Giner de los Ríos, porque eso fue para nosotros, don Francisco Giner, alma. Del maestro de la ILE aprendí, en las páginas de sus Lecciones de Psicología, que el primer significado de la voz psyché, en griego antiguo, fue mariposa.

'Psyché' (psique) significó mariposa

'Psyché' (psique) significó mariposa

Pues nuestra obligación civilizatoria es estimular el nacimiento y crecimiento de almas, formar almas,  inventar almas, ¿cómo acercar a nuestro alumnado a ese “ideal regulativo” (Kant)?

El alma es el sujeto del sentir, del querer y del pensar. Del alma y no del cuerpo son los misterios del amor, aunque, como dijo el poeta, el cuerpo sea el libro en que se leen. Puede que -como explica Douglas R. Hofstadter- el alma no sea más que un “extraño bucle” que emerge como un juego infinito de espejos de la actividad del cerebro, “esa masa vacilante de temores y de sueños”, esa “luz interior”, esa intimidad de recuerdos y proyectos únicos, lo más personal de la persona.

¿Siente un muerto, piensa, quiere? No. Lo que diferencia a un ser inerte o un cuerpo muerto de un ser vivo es que el ser vivo, vegetal, animal o humano, tiene alma, mente, espíritu, apetece, desea, quiere, se emociona, padece, piensa, calcula, comprende, distingue el bien del mal… Busca sobre todo salud, felicidad, dignidad. 

Volvamos a Platón, al superador del dualismo psicosomático órfico-pitagórico, y a las virtudes cardinales: está bien que la mente (psique, alma) no se deje arrastrar por peligrosos caprichos y apetitos (templanza), controle sus emociones (fortaleza de ánimo) y mida sus propias energías intelectuales (prudencia), respetando la base física y natural de que procede. Un alma que quiere lo que piensa, calcula la satisfacción de sus apetitos y le echa valor a la vida, es un alma equilibrada, un alma justa. Y un alma justa tiene muchas posibilidades de ser sana, digna y feliz. 

 

Amor se enamoró del Alma

Amor se enamoró del Alma

 

Ejercicios

1. Busque información sobre los amores de Psique y Eros. Recuerde su historia en unas veinte líneas.
2. ¿Cuáles son las potencias del alma? ¿Cuáles sus principales virtudes?
3. ¿Cree usted que el alma es inmortal?
4. ¿Importa más la belleza del cuerpo o la perfección del alma?
5. ¿Puede un alma ser mala?
6. Distinga entre un alma pusilánime y un alma magnánima. ¿Pueden las almas tener tamaños distintos?
7. ¿Tienen las plantas alma?
8. Distinga entre “alma”, “mente”, “ánimo”, “espíritu”.
9. ¿Pueden entrelazarse las almas? ¿Y confundirse? ¿Y esclavizarse?
10. ¿En qué consiste la libertad del alma? ¿Cuáles son sus potencias?


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